Escrito con ‘F’

Dicen que hay historias que se escriben con ‘F’
Sí, la f de fe, la f de fidelidad, la f de fraternidad…
Y esta es una de ellas. Es la historia que ha imprimido Dios en el corazón de algunas personas en las que, sin merecerlo, se ha fijado, las ha escogido para sí, consagrándolas y haciéndolas suyas para siempre.
Es la historia que transcribe Dios con alguna criatura manteniéndose fiel a lo largo de los años a pesar de las flaquezas, recorriendo junto a ella un camino de fe aún en medio de los fallos humanos, despertándola cada día a encontrar el sentido de la fraternidad entre las falacias en que a veces nos movemos.

Descubrir este paso de Dios por mi vida (y también por la tuya) me estremece y lanza, como una flecha en manos de un experto arquero, a percibir las efes del proyecto de Dios para mí y a caminar con firmeza, fortaleza, franqueza…
Sentir que la historia de mi vida está deletreada partiendo de las efes de Dios me llena de gozo, y me urge a vivir en gratitud y gratuidad… (después de la f viene la g).
Gracias, Señor, por escribir a través de mí tu historia de amor… ¡Gracias!

 

Ceder el paso

En el corazón del verano, y también, ¿por qué no decirlo?, en el corazón de los ejercicios espirituales, sí, de esos días en que los/las religiosos/as tenemos el privilegio de cesar toda nuestra actividad habitual para detenernos a revisar nuestra vida, a retomar fuerzas, a renovar nuestra opción… me viene al corazón la necesidad de ‘ceder el paso’.

Puede que suene muy rutinario, muy simple, pero estos días en los que estoy releyendo mi vida desde la llamada que Dios me hace a seguirle, me están llevando a caer en la cuenta de cuántas veces paso yo por delante de… (y no es que no suela ceder el paso a los mayores; se trata de otra cosa). Sí, definitivamente, tengo que redescubrir la necesidad de ‘ceder el paso’.

‘Ceder el paso’ primero y principalmente, a Dios; tengo que darle el protagonismo total de mi vida, de mis actos, de mis palabras, de mis sentimientos; tengo que dejarle que aflore a través de mí, pero sobre todo que su voluntad prevalezca sobre la mía…
‘Ceder el paso’ a mis hermanas; dar prioridad a sus gustos, sus necesidades. Ser más amable, más paciente, más flexible. Estar más atenta a sus inquietudes, sus preocupaciones, sus ilusiones…
‘Ceder el paso’ a quienes trabajan con nosotras, teniendo más en cuenta sus opiniones, sus decisiones, sus expectativas. Ser una más con ellas.
‘Ceder el paso’ a las mujeres de nuestra Residencia; tenerlas más en cuenta, no impacientarme ante sus demandas, no exasperarme ante su incumplimiento de las normas; ser más comprensiva, más cercana, más acogedora…
‘Ceder el paso’ a… tantas personas que se cruzan conmigo a lo largo de los días, y a las que a veces no presto la atención que requieren…

Bueno, pues este es mi primer propósito para el próximo curso: ‘ceder el paso’ a Dios para podérselo ceder a mi prójimo.

¿Y tú? ¿Te animas a ceder el paso a Dios en tu vida?

La orla del manto

Aún resuena en mi corazón del Evangelio de ayer, la invitación de Jesús a acercarnos a El para descargar en sus hombros de Buen Pastor, de hermano mayor, de amigo entrañable, nuestras preocupaciones, inquietudes, afanes…

Y pienso que la hemorroísa de la que nos habla hoy el Evangelio supo hacerlo con absoluta confianza, con elegante audacia, con total resolución. No dudó un momento en acercarse a Jesús para descargar en El el cansancio producido por su enfermedad en un reclamo de obtener de El sino la sanación, al menos el alivio, la fuerza, el ánimo para vivir con ella.

Esta mañana, escuchando el Evangelio, no podía menos de pensar en mis desvelos, en aquellos que tal vez me tienen atada impidiéndome vivir con plena y total libertad, y me preguntaba cómo tocar la orla del manto de Jesús para descansar en El mi cansancio… También me preguntaba si mis inquietudes podían considerarse tales cuando tengo cubiertas todas mis necesidades mientras millones de personas carecen de lo más necesario para vivir con dignidad…

Después de orar estos textos evangélicos, siento que la orla del manto de Jesús que debo tocar es la que me impulse a salir de mí misma, a olvidarme de mis nimiedades, a entregarme oblativamente…
Deseo tocar la orla del manto que me urja a vivir desde la confianza plena en El, la que me acerque a los que realmente sufren (por la falta de cariño, de trabajo, de salud, de alimentos…) para ser descanso de sus fatigas, paño que enjugue sus lágrimas, caricia que sane sus heridas.
La orla del manto que quiero tocar es la que tocó la Madre Juana María…

Y tú, ¿qué orla del manto quieres tocar?

Arrodillarse

Un año más Jesús, hecho Pan de Vida sale a nuestro encuentro en la procesión del Corpus.
Un año más su presencia por nuestras calles polvorientas es una invitación a salir a su encuentro, o mejor dicho, a dejarnos encontrar por El.
La procesión de esta tarde me lleva a menudo a pensar en la grandeza de la humildad de nuestro Dios…
Ante algo tan sublime sólo me queda arrodillar el corazón, caer postrada a sus pies y reconocer mi pequeñez y fragilidad.
Al descubrir su caminar entre nosotros me sorprendo al sentir, como la hemorroisa, la necesidad de rozar su manto y que El sane mis heridas, el apremio de abrir mi corazón y depositar en su talego todos mis afanes, la urgencia de saciar mi hambre y mi sed de justicia, verdad y libertad con la sabiduría de su Buena Noticia…

Esta tarde, mi buen Jesús, cuando salga a contemplar tu paso por las calles para dejarme encontrar por Ti, para sentirme mirada por Ti, para percibir tu voz entre los múltiples sonidos que inundan mi vida… aviva mi corazón, limpia mi mirada, abre mis oídos… para que sienta, aprenda y comprenda que Tu estás cada día por las calles en todos aquellos que me tienden la mano o simplemente contemplan mi paso. Que mi corazón, al arrodillarse hoy ante Ti, aprenda a arrodillarse ante los pequeños y necesitados… Que sepa darles el pan que sacia y el vino que embriaga de amor.

¿Os animáis a dejaros encontrar y acompañar por Jesús Eucaristía en el camino de vuestra vida?

Llama de fuego

Nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 1-3) que estando todos los apóstoles reunidos ‘vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos’. Estas llamas de fuego simbolizaban al Espíritu Santo, el Espíritu prometido por Jesús; el Espíritu que el mismo Jesús infundió en ellos al despedirse, antes de ascender al cielo, con un soplo de su aliento (cf. Jn 20, 22-23).

Hoy recordamos el día en que el Espíritu descendió sobre los Apóstoles, implorando que venga a nosotros y nos impulse a vivir unidos en la Verdad, que es Jesús, siendo signos de fraternidad, artífices de su paz.
Son muchos los símbolos que acompañan al Espíritu: una paloma, unas llamas, un viento suave, agua, aceite… Cada uno sabemos en forma de qué lo necesita en este momento concreto de su vida.

Siento que en mi vida, como religiosa, hoy necesito al Espíritu en forma de fuego, fuego que abrase mi corazón de su Amor:
. amor a Dios, para vivir cada día más unida a El y llegar a fundirme con El al recibirle cada día en la Eucaristía;
. amor a mis Hermanas de comunidad, para ser signo de fraternidad, para testimoniar que es posible vivir en comunión;
. amor a mi Congregación, al carisma que este mismo Espíritu infundió en nuestra Madre Juana María, para acoger, acompañar, ayudar, proteger, amparar… a las mujeres más vulnerables de su época;
. amor a las personas con las que a diario me relaciono, especialmente a las mujeres de nuestra Residencia Juana María y del Hogar Teresa Ballester; amor que les haga sentirse queridas, valoradas, acompañadas por mí;
. amor a mi familia y las familias de mis hermanas, para que a pesar de la distancia sientan que tienen un lugar en mi corazón;
. amor a todos aquellos que necesitan sentirse amados…

Todo un desafío para vivir en coherencia mi consagración. Pero necesito ese amor y así se lo pido al Espíritu hoy para que abrase mi corazón y me enseñe a expandirlo, como un fuego incontrolable.
¿Quieres que también abrase el tuyo?

Visitación

Hoy celebramos, como colofón del mes de mayo dedicado a María, la fiesta de la Visitación: María, tras recibir la noticia de su maternidad y, casi sin haberla asimilado y encajado, sabiendo que Isabel, su prima, de edad avanzada, está esperando un hijo, no duda en ponerse en camino y correr a ayudarle.
Me gusta, de un modo especial, contemplar este pasaje evangélico, que concluye con la proclamación del Magnificat, uno de los cánticos más bellos de toda la Escritura.
Por una parte, me sitúa ante una mujer de una disponibilidad incomparable y a la vez de una inmensa humildad. María, una sencilla nazarena que ha sido escogida por Dios para ser la mediadora de la Alianza, se pone en camino, sin dudarlo, para visitar, acompañar, ayudar… para servir a Isabel.
Me sitúa ante una mujer que vive un extraordinario éxodo interior; una mujer abierta y sumamente sensible ante las necesidades de los demás. Una mujer en camino hacia el otro.
Por otra parte, me admira el júbilo, el gozo, el regocijo del encuentro entre ambas mujeres. ¡Qué fiesta de bienvenida improvisaría Isabel! ¡Qué momentos tan dichosos compartirían ambas! Isabel le comunicaría a María la sabiduría que da la edad y la experiencia de la vida; María le haría partícipe de su alegría, su ilusión, su esperanza… también de su emoción al tener ante sí un proyecto que la desbordaba.
Fueron días felices los que compartieron ambas… La fe en un Dios que todo lo puede fue su punto de unión; en El, que las hizo a ambas olvidarse de sí mismas, estuvo la clave del éxito de su relación.

Hoy me pregunto, ¿dónde ponemos nosotros el acento de nuestros encuentros, de nuestras relaciones comunitarias, familiares, sociales…? ¿En la búsqueda de nosotras mismas o en el olvido de nuestros intereses personales y la búsqueda del bien común? ¿Sabemos salir, presurosas, para tender una mano?

Enséñanos, María, a salir al encuentro del otro, a vivir con la mirada atenta y el corazón abierto para descubrir sus necesidades. Ayúdanos a olvidarnos de nosotros mismos para podernos encontrar con Dios a través de nuestros hermanos. Que sepamos vivir en camino hacia… quien nos necesite, como viviste Tú.