En misión ilusionada

El mes de octubre evoca inevitablemente a la celebración del Domund, de la jornada mundial por las misiones, que este año 2019  ha adquirido un cariz particular al convocar el Papa Francisco un Mes Misionero Extraordinario para alimentar el ardor de la actividad evangelizadora de la Iglesia.
No puedo en este día pasar por alto la labor evangelizadora que realizan nuestras Hermanas en lugares de especial pobreza y necesidad material, pero sobre todo en ámbitos donde el hambre de la Palabra de Dios (muchas veces sin reconocerlo) reviste de un significado especial nuestra razón de ser, fortaleciendo nuestra entrega y alentando nuestra esperanza.
A veces nos preguntan el sentido de nuestra vocación, el porqué dejar todo, renunciar a muchas cosas, sujetarse a ciertas normas… Creo que no hay libertad mayor que el vivir ‘atadas’ a las necesidades de los demás.
Y sé que esto lo entendió muy bien nuestra Madre Juana María quien, sin traspasar apenas los límites de nuestra región, supo evangelizar con su palabra y con sus obras, con gran ardor misionero y celo apostólico; y así lo han ido viviendo tantas hermanas nuestras a lo largo del tiempo, unas yendo más allá de nuestras fronteras, otras desde la humildad de sus servicios, otras viniendo desde otros confines…
En este día del Domund, quiero brindar mi recuerdo agradecido a todas las Hermanas que día a día van entregándose calladamente, ofreciendo lo mejor de sí mismas por amor a Dios, esparciendo semillas de cercanía, acogida, comprensión, paciencia, bondad, dignidad, justicia… a todas las que van derramando el Reino En Misión Ilusionada como Esclavas de María Inmaculada.

 

Responder con prontitud

En este domingo de Pascua, la Iglesia nos hace una llamada a orar por las vocaciones, a pedir al Señor que envíe obreros a su mies, para ser testigos de la Buena Noticia, presencia del Reino entre los pequeños y necesitados, gozoso anuncio de su amor a todos.
La llamada de Dios a seguirle nos urge a responder con prontitud, a descalzarnos, a salir de nuestros aposentos y encontrarnos con el prójimo necesitado que espera de nosotras una palabra de aliento, una mirada de encuentro, una escucha respetuosa, un acompañar el caminar, una caricia y un abrazo misericordioso…
La llamada de Dios estremece nuestras entrañas, remueve nuestra cotidianeidad, sacude nuestra conciencia… La llamada de Dios irrumpe en el corazón con el suave susurro de la brisa, con la tenue llovizna que empapa el alma, con la luz de cada nuevo amanecer que nos impulsa a creer que sólo desde El es posible, sólo con El podemos avanzar, que El es nuestra esperanza.
Como María, respondamos con prontitud, pogámonos en camino, dejémoslo todo, entreguemos la vida.
Como Juana María, hagamos que nuestro día a día esté envuelto de gestos de oblación, de misericordia, de fraternidad, de esperanza, de generosidad, de adoración.
Vivamos nuestra vocación con intensidad, con plenitud, con coherencia. Que nuestra vida se gaste y desgaste por el Reino, por ser la Buena Noticia que esperan de nosotras quienes nos rodean… El Espíritu del Señor hará el resto.

 

Hacer ordinario lo ‘extraordinario’

El papa Francisco concluía el ‘angelus’ de este domingo, 13 de enero, con la invitación a ‘invocar al Espíritu Santo con más frecuencia para poder vivir con amor las cosas ordinarias y hacerlas extraordinarias’. Esta invitación del Papa Francisco evoca a nuestra Madre Juana María, de quien dijeron los teólogos consultores para su proceso de canonización que hizo lo ordinario de manera extraordinaria.
La Madre Juana María fue una mujer que no se distinguió por realizar grandes hazañas, ni gestas heroicas, ni milagros vistosos. Su hazaña fue perseverar en medio de las dificultades, las negativas y las dudas de muchos; su gesta fue la paciente y callada espera, la oración incesante, el discernimiento orante; sus milagros fueron vivir la vida con gozo, con alegría, con entrega generosa…
Su vida transcurrió con sencillez y familiaridad, desde la simplicidad de lo cotidiano, desde la humildad que hace grandes a los pequeños, a los que no buscan mayor grandeza que la del trabajo realizado con ilusión, con esmero… con amor. En su vida no hubo nada extraordinario al exterior, solo lo ordinario hecho con amor y por amor.
Pienso que la Madre Juana María, además de hacer lo ordinario de manera extraordinaria, fue una mujer con tal altura de miras, visión de futuro y amplitud de horizontes, que hizo que lo extraordinario (para la época y condición social en que vivió): cobijar a quien no tenía techo, devolver la dignidad a mujeres indefensas, proteger a las desvalidas, enseñar a quienes no habían tenido posibilidades, prevenir de peligros corporales y espirituales, ofrecer nuevas oportunidades, ser cauce de la misericordia de Dios… fuera lo ordinario.
Quienes decimos que la admiramos y seguimos tenemos ante nosotros el reto de darla a conocer con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestra vida.
¿Quieres saber más de ella…? Acércate a una de nuestras casas.

Celebrar a María

Al situarme ante María contemplando el misterio de su Inmaculada Concepción, estas dos palabras adquieren para mí un significado especial, que hoy comparto con quienes os acercáis a este Blog:
Inmaculada: me habla de la Mujer limpia de corazón, que supo ver a Dios en los acontecimientos de su vida, que supo escuchar atentamente la voz de Dios que la invitaba a caminar con El abandonando sus planes para ‘abandonarse’ en el cumplimiento de la misión que El le había preparado.
Me lleva hasta la Mujer fiel que tiene que rehacer continuamente su Hágase, descubriendo que ser creyente es pronunciar cada día, cada instante, ante cada circunstancia, un Si comprometido y comprometedor.
Me sitúa ante la Mujer libre, que por ser tal, quiere ser liberadora de los oprimidos, clamor de los que no tienen voz, paso presuroso para los cansados, alegría para los abatidos, luz para los que andan sumergidos en la noche.
Me acerca a la Mujer dichosa, feliz, bienaventurada, que supo encontrar en Dios el manantial de su gozo, de su plenitud, de su júbilo.

Concepción: me aproxima a María como Mujer que concibe en su corazón antes que en su seno al Hijo de Dios, al mediador de la Alianza; a la Mujer que fecundó en su corazón y engendró en sus entrañas al que es ‘Amor’.
Me conecta con la Mujer que da vida al que fue la razón y el sentido de su vida, al que es ‘germen’ de vida nueva; me enlaza con la Mujer que sitúa en el tiempo y en el espacio al que existe desde siempre; con la Mujer que acerca a Dios a la humanidad.
Me vincula a Quien fue capaz de gestar un proyecto gozoso a pesar de la espada del dolor; a la Mujer fiel que selló con Dios la Alianza anunciada por los profetas, revolucionando la memoria de un pueblo, escrita con renglones de infidelidad.

Hablar y celebrar a María en el misterio de su Inmaculada Concepción es comprometernos a dejar que su mano guíe nuestros trazos para redactar nuestra historia de confianza y fidelidad al Dios fiel; es arriesgarnos a gestar en nuestro corazón proyectos de liberación para las mujeres oprimidas; es empeñarnos en fecundar, en las almas de los niños y jóvenes, hambre de justicia, paz y solidaridad; es aventurarnos apasionadamente en el proyecto del Reino de Dios que nos lanza al servicio de los más pequeños y frágiles; es descubrirnos necesitados de Dios y vivirnos abandonadas en El, que es Padre-Madre con entrañas de misericordia…
Hablar de la Inmaculada Concepción de María y sentir que es Ella quien va conduciendo nuestro caminar, quien va nutriendo nuestra espiritualidad, quien va perfilando nuestro proyecto de servicio, es atrevernos a vivir, con y como Ella, la alegría del Evangelio.
¿Te animas a vivirla con y como nosotras, Esclavas de María Inmaculada?

Hacia la Vida

Sí, todo conduce y culmina en la Vida. Hasta en las experiencias más dolorosas podemos encontrar un atisbo de luz, de paz, de gozo, de plenitud…
Fue esto, la fe en el Dios de la Vida, lo que mantuvo en pie, junto a la Cruz, a María, la Mujer, la Madre, la Creyente.
Sí. Una fe firme, cuajada en el crisol de la esperanza, forjada en la fragua del Amor incondicional, sostenida por la certeza de que ‘para Dios nada hay imposible’.
Cuando todo parecía haber perdido el sentido, la razón; cuando sentía que ya no queda nada por hacer; cuando solo el tiempo podría restañar la herida de la espada profetizada, años atrás, cuando todo lo vivía como en vorágine de altura, por el anciano Simeón… sólo el eco de las palabras del ángel la podía sostener: ‘El Señor está contigo’.
Sí, María, el Señor está contigo, porque el Señor está con todos aquellos que entregan la vida, con todos los que la viven en coherencia y fidelidad a su misión, con todos los que sirven incondicionalmente, con ternura, cercanía, misericordia… con humildad.

Hoy quiero, María, avanzar contigo con paso ligero, mirada profunda, escucha intensa, hacia la Vida.
Hoy, María, quiero acoger contigo el clamor de todos los crucificados que encuentro en el camino y ser para ellos palabra de Vida, Buena Noticia, Evangelio del Amor que Dios les tiene.

Hoy, María, quiero confirmar mi fe con la certeza de que Tu acompasas mis andares, susurras a mi oído el cantar de mi plegaria, impulsas mis manos hacia gestos de ternura con los pequeños, los frágiles, los que no cuentan.
Hoy, María, quiero vivir contigo la experiencia de la Resurrección, la experiencia de avanzar con presteza hacia la Vida…
Porque El, el Hijo de tus entrañas, HA RESUCITADO.

¡Feliz Pascua! ¡Hacia la Vida!

 

Desde la hondura

Hoy es Jueves Santo. Día del amor fraterno, día de la ‘entrega’, día del encuentro supremo entre Dios y el hombre.
La divinidad, que se hizo carne en las entrañas de una Mujer, en la hondura de su corazón de Mujer, haciéndose uno con nuestra humanidad se nos entrega en un trozo de pan y una copa de vino…
Resulta difícil de entender, complejo para asimilar, desbordante para acoger…

Sólo desde la hondura del corazón, sólo desde el calado del alma inquieta y enamorada, sólo desde al anonadamiento, es posible albergar en el corazón humano el Misterio insondable de la humanidad de Dios entregada al vaivén humano.

Hoy es un día para hacer silencio, para rendirse ante el silencio de Dios, para despojarse de todo susurro ante la Palabra más sublime; hoy es un día para vaciarnos de nosotros mismos para dejar espacio al Amor de Dios que quiere derramarse en nuestro corazón.

Una toalla que enjuga las lágrimas, un cántaro en el que lavar nuestras heridas, un pedazo de pan que sacia el hambre de justicia y libertad, una copa de vino que invita al júbilo, al gozo… porque ‘nadie me quita la vida sino que la doy voluntariamente’ (cf. Jn 10, 18)

Desde la hondura del corazón es desde donde podemos seguir apostando por Jesús; en la hondura del corazón es donde se gesta la Vida; en la hondura de nuestro corazón es donde Dios quiere habitar… ¿le hacemos un hueco?