Pascua

Un año más la primavera nos conduce a la celebración de la Pascua, la Fiesta cristiana por excelencia. En ella, la Resurrección de Cristo nos acerca a la esperanza en un mañana sin luto, llanto ni dolor.
Quizás este año, en el que los conflictos armados y las consecuencias que acarrean están golpeando nuestras conciencias, de un modo particular necesitemos sentir en nuestros corazones el gozo, el jubilo y la alegría pascual.
Es difícil hablar de Vida a quien la está dejando por el camino huyendo de quien sabe cuántos pesares: guerra, hambre, opresión, explotación, violencia, desamor… Es complejo hablar de un Dios que nos quiere felices porque El ha redimido nuestras penas cuando el recuerdo de lo dejado atrás duele y lacera el alma. Es complicado invitar a la esperanza a quienes la impotencia les sumerge en el mar del desaliento…
Hablar de Pascua es hacer con todos los excluidos que encontramos en nuestra vida un examen de humildad, compartiendo unos con otros nuestra experiencia de fe en un Dios que sólo sabe hablarnos de amistad.
Pascua es: Peregrinación, acogida, solidaridad, comprensión, unión, amor.
Pascua es dejar a Dios vivir en nosotros y pasar haciendo el bien, acompañando  el cansancio de tantos, solidarizándonos con las heridas del hermano, comprendiendo las dificultades para sonreír, uniendo las manos y los corazones en un lazo de paz, abrazando el amor desgarrado por el dolor.
Pascua es dejar que la VIDA nos envuelva con su luz y nos impulse a vivificar.
¡Feliz Pascua!

Navidad es…

Navidad es tiempo de sueños, de ilusiones y esperanzas.
Navidad es la culminación de un proyecto y el bosquejo de un programa. Culmina el Antiguo Testamento, se bosqueja el Nuevo.
Navidad es abrir el corazón a la Alianza de Amor entre Dios y cada uno de nosotros en la inexplicable sencillez de un recién nacido que va balbuceando nuestro nombre con bondad.
Navidad es el soplo del aliento de Dios en un Niño que desciende para palpar la tierra con las manos de los que menos cuentan, acariciarla con la ternura de una madre y abrazarla con la fortaleza de los pobres.
Navidad es navegar contracorriente, acoger la vulnerabilidad, valorar la diversidad, innovar la compasión, derrochar solidaridad, abrazar desde la fraternidad, darse hasta el final.
Navidad es nobleza, novedad, niñez…
Navidad es acogida, acompañamiento, ayuda…
Navidad es visita, valoración, vocación…
Navidad es invitación, imaginación, ilusión…
Navidad es decisión, dignificación, donación…
Navidad es amparo, abrigo, aliento, agasajo…
Navidad es Dios. Dios que se derrama, que se da, que se desborda de amor hacia nosotros. Es Dios que llama a nuestra puerta y nos tiende una mano en los pequeños, frágiles y desahuciados. Navidad es Dios que viene a nuestro encuentro y se hace compañero de nuestro camino.
Navidad es comprender que somos peregrinos, inmigrantes, forasteros, como El lo fue. Es reconocer que todos somos hermanos, amigos, vecinos… de Nazaret. Es sentir que no importa el color de la piel, las raíces de nuestros orígenes, el nombre de nuestro Dios ni la herencia de nuestra fe.
Navidad es acoger y acompañar la debilidad, es abrazar y acompasar la pobreza, es cobijar y hospedar la soledad, es albergar y arropar la penuria… es compartirnos con los demás.
Navidad es salir de nosotros mismos para entrar en los otros (los pequeños y los grandes, los ricos y los desheredados de la historia, las mujeres y los niños, los humildes y sencillos, los del centro y los de la periferia, los marginados y los agasajados, …) y poder descubrir que en ellos (como en ti y en mí) está el Otro, el que viene, el que se vuelve Niño, el que se ‘abaja’ para hacerse uno más entre tú y yo, entre nosotros y ellos… tan sólo porque nos ama a todos por igual.
¡Atrevámonos a arriesgarnos a vivir la Navidad en clave de Amor; amor sostenido por un Niño que es Dios!

Asunción

Un año más celebramos la Asunción de la Virgen al cielo, su reencuentro  con su Hijo Jesús.
Es también el momento en que Ella puede ver desvelado el rostro del Padre y se turba humildemente ante su presencia como aquel día en que el Espíritu la invadió con su sombra…
El Espíritu, que ha ido orientando y guiando cada paso de su camino, que ha ido dándole la fortaleza necesaria para llevar a cabo el proyecto de Dios, que la ha sostenido en los momentos de dificultad, es quien ahora la conduce ante el Padre y le muestra cuál es su misión, aquella que Jesús le confió en el momento sublime de su entrega: acompañar, velar e interceder por cada uno de nosotros.
A Ella nos dirigimos en este día y le presentamos nuestra pequeñez y fragilidad junto a nuestro ardiente deseo de vivir desde la sencillez y humildad, realizando el proyecto que Dios tiene preparado para cada una de nosotras: ser portadoras de esperanza, ser testigos del amor de Dios, ser artífices de su  paz.

«A tí, María, Asunta al Cielo, elevamos en este día nuestra plegaria.
Desde la presencia de Dios, mira nuestra pequeñez, abraza nuestra fragilidad, cúbrenos con tu manto y eleva al Padre nuestras súplicas…

Tu conoces nuestros corazones, sabes de nuestros miedos, de nuestras vacilaciones, pero también de nuestras ilusiones, anhelos y deseos…
Enséñanos a vivir abandonadas a la voluntad de Dios, acrecienta en nosotras los deseos de fidelidad, ayúdanos a crecer en coherencia con nuestra opción de vida, y acompaña nuestra misión en el proyecto del Reino de Dios.
Desde El, desde Dios Padre, con el Hijo y el Espíritu, vela por cada una de tus hijas, las que nos hemos hecho tus ‘Esclavas’ y queremos vivir la espiritualidad del ‘Hágase’, de la búsqueda incesante de la voluntad de Dios en el desempeño de la misión que, en consonancia con el carisma que el Espíritu suscitó a la Madre Juana María, El nos encomienda.
En tus brazos de Madre nos abandonamos. Amén.»

¿Para quien soy?

La barca varada, el agua sosegada, el ocaso recién estrenado… acaba una jornada de trabajo, un día más de tantos días en los que la penumbra sucede al sol radiante, el descanso a la fatiga, el sosiego al ajetreo, el silencio al bullicio.
En la quietud de la noche, en la paz del Encuentro, en la soledad habitada, cuando rememoro lo vivido, lo hablado o callado, lo orado y celebrado… me pregunto ¿por quien lo he hecho?, ¿cuánto amor he puesto en cada una de mis acciones?, ¿para quien he vivido?… En definitiva: ¿para quien he sido?, ¿para quien soy?. O, formulado de otra manera: ¿Quién es el que da sentido a mi vivir?

Si no reconociera que El habita en lo más recóndito de mí, dando calor a los fríos papeles de un despacho, inoculando su ternura en cada uno de mis actos, iluminando cada día grisáceo, fecundando mis entrañas con su misericordia y compasión, impulsando cada gesto con el aliento de su Espíritu, orientando cada uno de mis pasos para encontrarle en los más frágiles y vulnerables, mitigando las zozobras, afianzando mis decisiones con su Palabra de Vida…; si no reconociera que El está ahí, siempre, invariablemente, imperceptiblemente a veces; si no reconociera que soy porque El es en mí, que avanzo porque El me lleva en sus brazos, que rezo porque El es mi oración… no sería quien soy, ni haría lo que hago, ni tendría sentido haber optado radicalmente por El.

¿Para quien soy? Creo que ya lo sabes…
¿Y tú? ¿Para quien eres? ¿Por quien quieres vivir tu vida?
Tal vez hoy, Dios te esté invitando a seguirle. ¡No lo dudes!

Pascua

Caminamos hacia la Pascua, hacia un nuevo amanecer, escribía hace unos días y, aunque parece que el tiempo se ha detenido, que las circunstancias no han cambiado, que la primavera parece no haber llegado… lo cierto es que la Pascua nos ha alcanzado con su sabor a pan recién horneado, con el olor de nardo anacarado y el color de azucena acrisolada, con el gorjeo de la alondra y el trinar de los jilgueros.  La Pascua ha llegado y nos ha envuelto con su luz resplandeciente, con su calidez esperanzada y su paz reverdecida.
Sí, es la Pascua, el día de la creación nueva y siempre renovada; el día en que se colman nuestras ilusiones, anhelos y esperanzas; el día de abrazar el alma, compartir la palabra y saborear las certezas.
Es la Pascua, el tiempo concluido y la promesa cumplida; la vida plena que vence la espera, que sacia la sed, que ciñe el amor, que vence al alba.
Es Pascua, es el paso de Dios entre la historia errada de una humanidad disgregada; es el susurro de Dios entre los sonidos discordantes de guerras y batallas; es la luz de Dios entre la oscuridad de tantas noches vejadas; es la brisa de Dios que airea el alma, despeja las dudas y alienta la espera; es la Palabra de Dios que grita callada con gestos derramados, con entregas sosegadas, con cantos jubilosos.
Es la Pascua… sí, la hora de la verdad, el día de la libertad, el tiempo de Dios entre los andares fatigados, los abrazos furtivos y los encuentros cautelosos.
Es Pascua: invitación a ser gesto fraterno, amor confiado, ¡Buena Noticia!…

2020

2020 se acaba y parece que todos respiremos… Dentro de unas horas estrenamos año: 2021. Y lo hacemos deseando que sea diferente, que realmente sea nuevo, que traiga con él el olvido de lo vivido, que borre las experiencias negativas, que venga lleno de salud.

Despedimos a 2020. Y me gustaría rescatar de él las experiencias positivas, lo que nos ha fortalecido, también la vulnerabilidad y fragilidad que en él hemos descubierto.
Sí, 2020 puede ser un aprendizaje y un hacernos caer en la cuenta de cuánto nos necesitamos unos a otros, de que somos seres en relación, de que la vida tiene sentido si la vivimos en comunión.
A mi, 2020 me ha ayudado a valorar el sentido de la fraternidad, a fortalecer la esperanza,  a consolidar mi fidelidad; me ha hecho caer en la cuenta de mi pequeñez y fragilidad, de la vulnerabilidad de tantas personas, de la fugacidad de la vida…
2020 me ha enseñado a vivir más pendiente de mi prójimo, más preocupada por sus necesidades, más cercana a sus debilidades… Ha avivado en mí la ternura, la compasión y la comprensión. Me ha hecho despertar a la necesidad que tenemos de sentirnos abrazados, de apoyar nuestra cabeza en un hombro amigo, de arroparnos en el calor del hogar (de la familia, de la comunidad).
2020 nos ha mostrado como una partícula invisible puede paralizar el mundo y sumirlo en la oscuridad. Pero ¡cuánto más poder tiene de movilizarlo la grandeza del amor que Dios nos tiene que cada día nos regala un nuevo amanecer…!
Acojamos al 2021 dejando que las enseñanzas del 2020 nos ayuden a humanizar nuestra cotidianeidad.
¡Feliz Año Nuevo!