Sueños

En medio de la Cuaresma surge, casi imperceptible en muchos lugares, la figura de san José.
Este año, de un modo particular, va a pasar su día casi sin darnos cuenta. Y es que la realidad cotidiana en la que andamos sumergidos hace que pasen de largo muchas de las cosas que, en otros momentos, serían relevantes.
Hoy celebramos la fiesta de nuestro co-patrón.
Celebramos también el día de las Junioras en recuerdo del aniversario de los primeros votos de nuestra Madre Juana María y sus compañeras Teresa y Rita.
Hace 125 años, cuentan las Crónicas de nuestra Congregación, un 19 de marzo de 1895, en la Capilla del Palacio Arzobispal, emitían sus primeros Votos las Hermanas Juana María, Teresa de Jesús y Rita de San José.
Se empezaba a escribir una nueva página del libro de nuestra historia, bajo la atenta mirada de san José, cuya vida callada fue para ellas ejemplo y estímulo del camino a recorrer. Como él custodió las vidas de María y Jesús, ellas, Juana, Teresa y Rita, quisieron custodiar el caminar de tantas obreras necesitadas de una mano amiga, una mirada comprensiva, una palabra de aliento, un hombro donde descansar…
Sus vidas fueron un sí al querer de Dios;  fueron una respuesta fiel a la llamada recibida; fueron una entrega de y al Amor incondicional.
Hoy, desde estas humildes líneas, quiero decirte Madre Juana María: ¡Gracias! Gracias porque supiste dejarte llevar por la intuición de tu corazón, por tus sueños de mujer, por tu entusiasmo juvenil… descubriendo en todo ello el querer de Dios. Gracias porque te abandonaste en sus brazos y le dejaste las riendas de tu vida. Gracias por vivir en fidelidad al proyecto de Dios para ti y para las obreras…
También te pido que acompañes nuestro caminar para que, siguiendo tu ejemplo, estimulemos a muchas jóvenes a vivir su proyecto de vida en tu Congregación.

Hoy, celebrando este día desde el silencio y la oración, quiero como san José y Juana María, soñar los sueños de Dios y hacerlos realidad. ¡Feliz día!

En misión ilusionada

El mes de octubre evoca inevitablemente a la celebración del Domund, de la jornada mundial por las misiones, que este año 2019  ha adquirido un cariz particular al convocar el Papa Francisco un Mes Misionero Extraordinario para alimentar el ardor de la actividad evangelizadora de la Iglesia.
No puedo en este día pasar por alto la labor evangelizadora que realizan nuestras Hermanas en lugares de especial pobreza y necesidad material, pero sobre todo en ámbitos donde el hambre de la Palabra de Dios (muchas veces sin reconocerlo) reviste de un significado especial nuestra razón de ser, fortaleciendo nuestra entrega y alentando nuestra esperanza.
A veces nos preguntan el sentido de nuestra vocación, el porqué dejar todo, renunciar a muchas cosas, sujetarse a ciertas normas… Creo que no hay libertad mayor que el vivir ‘atadas’ a las necesidades de los demás.
Y sé que esto lo entendió muy bien nuestra Madre Juana María quien, sin traspasar apenas los límites de nuestra región, supo evangelizar con su palabra y con sus obras, con gran ardor misionero y celo apostólico; y así lo han ido viviendo tantas hermanas nuestras a lo largo del tiempo, unas yendo más allá de nuestras fronteras, otras desde la humildad de sus servicios, otras viniendo desde otros confines…
En este día del Domund, quiero brindar mi recuerdo agradecido a todas las Hermanas que día a día van entregándose calladamente, ofreciendo lo mejor de sí mismas por amor a Dios, esparciendo semillas de cercanía, acogida, comprensión, paciencia, bondad, dignidad, justicia… a todas las que van derramando el Reino En Misión Ilusionada como Esclavas de María Inmaculada.

 

Responder con prontitud

En este domingo de Pascua, la Iglesia nos hace una llamada a orar por las vocaciones, a pedir al Señor que envíe obreros a su mies, para ser testigos de la Buena Noticia, presencia del Reino entre los pequeños y necesitados, gozoso anuncio de su amor a todos.
La llamada de Dios a seguirle nos urge a responder con prontitud, a descalzarnos, a salir de nuestros aposentos y encontrarnos con el prójimo necesitado que espera de nosotras una palabra de aliento, una mirada de encuentro, una escucha respetuosa, un acompañar el caminar, una caricia y un abrazo misericordioso…
La llamada de Dios estremece nuestras entrañas, remueve nuestra cotidianeidad, sacude nuestra conciencia… La llamada de Dios irrumpe en el corazón con el suave susurro de la brisa, con la tenue llovizna que empapa el alma, con la luz de cada nuevo amanecer que nos impulsa a creer que sólo desde El es posible, sólo con El podemos avanzar, que El es nuestra esperanza.
Como María, respondamos con prontitud, pogámonos en camino, dejémoslo todo, entreguemos la vida.
Como Juana María, hagamos que nuestro día a día esté envuelto de gestos de oblación, de misericordia, de fraternidad, de esperanza, de generosidad, de adoración.
Vivamos nuestra vocación con intensidad, con plenitud, con coherencia. Que nuestra vida se gaste y desgaste por el Reino, por ser la Buena Noticia que esperan de nosotras quienes nos rodean… El Espíritu del Señor hará el resto.

 

Hacer ordinario lo ‘extraordinario’

El papa Francisco concluía el ‘angelus’ de este domingo, 13 de enero, con la invitación a ‘invocar al Espíritu Santo con más frecuencia para poder vivir con amor las cosas ordinarias y hacerlas extraordinarias’. Esta invitación del Papa Francisco evoca a nuestra Madre Juana María, de quien dijeron los teólogos consultores para su proceso de canonización que hizo lo ordinario de manera extraordinaria.
La Madre Juana María fue una mujer que no se distinguió por realizar grandes hazañas, ni gestas heroicas, ni milagros vistosos. Su hazaña fue perseverar en medio de las dificultades, las negativas y las dudas de muchos; su gesta fue la paciente y callada espera, la oración incesante, el discernimiento orante; sus milagros fueron vivir la vida con gozo, con alegría, con entrega generosa…
Su vida transcurrió con sencillez y familiaridad, desde la simplicidad de lo cotidiano, desde la humildad que hace grandes a los pequeños, a los que no buscan mayor grandeza que la del trabajo realizado con ilusión, con esmero… con amor. En su vida no hubo nada extraordinario al exterior, solo lo ordinario hecho con amor y por amor.
Pienso que la Madre Juana María, además de hacer lo ordinario de manera extraordinaria, fue una mujer con tal altura de miras, visión de futuro y amplitud de horizontes, que hizo que lo extraordinario (para la época y condición social en que vivió): cobijar a quien no tenía techo, devolver la dignidad a mujeres indefensas, proteger a las desvalidas, enseñar a quienes no habían tenido posibilidades, prevenir de peligros corporales y espirituales, ofrecer nuevas oportunidades, ser cauce de la misericordia de Dios… fuera lo ordinario.
Quienes decimos que la admiramos y seguimos tenemos ante nosotros el reto de darla a conocer con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestra vida.
¿Quieres saber más de ella…? Acércate a una de nuestras casas.

Evocación

Es noviembre, mes en el que honramos a nuestros seres queridos que ya gozan de la paz sin fin…
Esta tarde hemos ido al cementerio. No soy muy adicta a estas visitas, pero de vez en cuando siento el deber de ir.
Aunque sé, estoy plenamente convencida, que allí no hay nada de lo que fue.
Y es que cuando pienso o evoco a alguien que está ya lejos… los recuerdos que más resuenan en mi corazón no son tanto las imágenes físicas, sino más bien las sensaciones, la impronta de ellos que ha quedado tallada en mi alma, la fracción de tiempo vivida y sentida en comunión, las huellas que han zarandeado mi existir…
Al pensar en quienes han compartido conmigo un tramo del camino de mi vida, evoco las palabras, los gestos, los sentimientos… ese sabor agridulce de los soplos de beatitud que ya no volveremos a saborear, aquí, juntos/as… pero cuyo recuerdo me custodia y sostiene.
Hoy evoco de un modo especial a las Hermanas que iniciaron esta aventura de seguir a Dios y amarle en las mujeres obreras, a las Hermanas que se dejaron cautivar por el entusiasmo, el ardor y la pasión de Juana Condesa Lluch, a las Hermanas que a través de los años han ido fortaleciendo este proyecto (nuestra Congregación) tejiendo el Reino, a las Hermanas que hoy, desde lo Alto, van alentando nuestras vidas…
Por todas ellas, hoy elevo a Dios mi plegaria, mi canto agradecido… así como el suave zureo de las aves se eleva hacia lo Alto.

La orla del manto

Aún resuena en mi corazón del Evangelio de ayer, la invitación de Jesús a acercarnos a El para descargar en sus hombros de Buen Pastor, de hermano mayor, de amigo entrañable, nuestras preocupaciones, inquietudes, afanes…

Y pienso que la hemorroísa de la que nos habla hoy el Evangelio supo hacerlo con absoluta confianza, con elegante audacia, con total resolución. No dudó un momento en acercarse a Jesús para descargar en El el cansancio producido por su enfermedad en un reclamo de obtener de El sino la sanación, al menos el alivio, la fuerza, el ánimo para vivir con ella.

Esta mañana, escuchando el Evangelio, no podía menos de pensar en mis desvelos, en aquellos que tal vez me tienen atada impidiéndome vivir con plena y total libertad, y me preguntaba cómo tocar la orla del manto de Jesús para descansar en El mi cansancio… También me preguntaba si mis inquietudes podían considerarse tales cuando tengo cubiertas todas mis necesidades mientras millones de personas carecen de lo más necesario para vivir con dignidad…

Después de orar estos textos evangélicos, siento que la orla del manto de Jesús que debo tocar es la que me impulse a salir de mí misma, a olvidarme de mis nimiedades, a entregarme oblativamente…
Deseo tocar la orla del manto que me urja a vivir desde la confianza plena en El, la que me acerque a los que realmente sufren (por la falta de cariño, de trabajo, de salud, de alimentos…) para ser descanso de sus fatigas, paño que enjugue sus lágrimas, caricia que sane sus heridas.
La orla del manto que quiero tocar es la que tocó la Madre Juana María…

Y tú, ¿qué orla del manto quieres tocar?