La dormición

Siempre me ha atraído la celebración de la fiesta de la Asunción de la Virgen en medio del verano.
Cuando todo invita al descanso, al sosiego, a la tranquilidad… cuando de alguna manera nos dejamos llevar por la inercia, el letargo y la rutina del cambio de ritmo, surge la figura de María que nos invita a preguntarnos otras cosas. María, en la advocación de la Asunción, nos insta a volver la mirada hacia nuestro interior, hacia lo transcendente; nos apremia a replantearnos el sentido de nuestra vida, la fugacidad del tiempo y el uso que hacemos de él.
María sale a nuestro encuentro a mitad del verano para recordarnos que lo fundamental de la vida es responder con prontitud a la llamada de Dios.
Dicen de Ella que simplemente se durmió y partió hacia el encuentro con su Hijo. Su dormición fue el inicio de una nueva etapa: ser intercesora ante Dios de cada una de nuestras necesidades…
Celebrar esta fiesta es una llamada a no quedarnos dormidas, a mantener los ojos bien abiertos al paso de Dios a nuestro lado, a avivar nuestro corazón ante las necesidades de nuestros hermanos, a cultivar la esperanza en que ‘para Dios nada hay imposible’.
La Asunción de María es una invitación a sonreir, bendecir, acariciar, alabar y cantar con gozo al sabernos y sentirnos hijas de esta Madre que, desde que ‘se durmió’, vela nuestros sueños, custodia nuestras ilusiones y alienta nuestros anhelos…
¡Feliz día de la Virgen !

En tus manos María

Al mirarte esta tarde, María, mi corazón se estremece.
Celebramos tu Inmaculada Concepción en días próximos al nacimiento de tu Hijo. Todo tu ser vibraría emocionado pensando en contemplar su rostro, acariciar sus manos, mirarle embelesada…
¡Cuántas preguntas no bullirían en tu mente!, ¡cuánta inquietud callada, apagada, silenciada…!, ¡cuánta zozobra no habría en tu corazón de nazarena, en tu ser de mujer judía, en tu vida de recién desposada…!

Te lanzaste al vacío creyendo firmemente en la palabra de un mensajero que te dijo venía de parte de Dios; te abandonaste confiadamente a un proyecto humanamente irrazonable; te arriesgaste a ser tachada de… ‘atolondrada’. ¡Qué grande fue tu FE!

En este atardecer quisiera adentrarme en tu corazón de mujer joven y madura, en tu espíritu entregado y reservado, en tu alma limpia y transparente, y dejarme empapar por tu pureza, por tu candidez, por tu verdad…
Hoy quisiera pedirte, humildemente, que me des la mano y acompañes mi caminar, que guíes mis pasos que quieren ir tras tu Hijo, que me envuelvas bajo tu manto y cobijes mi vocación, para que, como Tu, mi vida se lance confiadamente al vacío, a ese vacío donde sólo habita Dios.

En este atardecer te pido por mi/tu Congregación, para que caminemos, esperemos y vivamos, como Juana María nos enseñó: con la mirada puesta en tu Hijo a través de Ti; para que descansemos en tu corazón de Madre, de Hija y de Esclava todas nuestras inquietudes y anhelos; para que aquellas y aquellos a quienes somos enviadas os descubran latiendo entre nosotras…

En tus manos, María, descansa nuestra vida. ¡Gracias!

Visitación

Hoy celebramos, como colofón del mes de mayo dedicado a María, la fiesta de la Visitación: María, tras recibir la noticia de su maternidad y, casi sin haberla asimilado y encajado, sabiendo que Isabel, su prima, de edad avanzada, está esperando un hijo, no duda en ponerse en camino y correr a ayudarle.
Me gusta, de un modo especial, contemplar este pasaje evangélico, que concluye con la proclamación del Magnificat, uno de los cánticos más bellos de toda la Escritura.
Por una parte, me sitúa ante una mujer de una disponibilidad incomparable y a la vez de una inmensa humildad. María, una sencilla nazarena que ha sido escogida por Dios para ser la mediadora de la Alianza, se pone en camino, sin dudarlo, para visitar, acompañar, ayudar… para servir a Isabel.
Me sitúa ante una mujer que vive un extraordinario éxodo interior; una mujer abierta y sumamente sensible ante las necesidades de los demás. Una mujer en camino hacia el otro.
Por otra parte, me admira el júbilo, el gozo, el regocijo del encuentro entre ambas mujeres. ¡Qué fiesta de bienvenida improvisaría Isabel! ¡Qué momentos tan dichosos compartirían ambas! Isabel le comunicaría a María la sabiduría que da la edad y la experiencia de la vida; María le haría partícipe de su alegría, su ilusión, su esperanza… también de su emoción al tener ante sí un proyecto que la desbordaba.
Fueron días felices los que compartieron ambas… La fe en un Dios que todo lo puede fue su punto de unión; en El, que las hizo a ambas olvidarse de sí mismas, estuvo la clave del éxito de su relación.

Hoy me pregunto, ¿dónde ponemos nosotros el acento de nuestros encuentros, de nuestras relaciones comunitarias, familiares, sociales…? ¿En la búsqueda de nosotras mismas o en el olvido de nuestros intereses personales y la búsqueda del bien común? ¿Sabemos salir, presurosas, para tender una mano?

Enséñanos, María, a salir al encuentro del otro, a vivir con la mirada atenta y el corazón abierto para descubrir sus necesidades. Ayúdanos a olvidarnos de nosotros mismos para podernos encontrar con Dios a través de nuestros hermanos. Que sepamos vivir en camino hacia… quien nos necesite, como viviste Tú.

 

 

Recibir a María

Esta mañana he asistido a la Eucaristía en la Basílica de la Virgen de los Desamparados, pues hoy se celebra su solemnidad. Escuchábamos del Evangelio según san Juan el relato de la entrega que hace Jesús de su Madre al discípulo amado (Jn 19, 25-27).
Concluye esta perícopa con la expresión: el discípulo la recibió en su casa… expresión que he ido rumiando en mi regreso a casa, pasando por el mercado central, que estos días acoge una imagen de la Virgen en un sencillo altar lleno de flores; imagen que está siendo contemplada, venerada y admirada por cuantos pasan por allí ¡y no son pocos! (me incluyo yo y algunas hermanas de mi comunidad).
Al detenerme ante este altar me preguntaba por el sentido de esta frase para mí: ¿recibo a María en mi casa? ¿cómo la recibo?
Recibir a María en mi casa me compromete a abrirle la puerta de mi corazón, a dejarle entrar en mi interioridad, a permitirle cuestionarme en mi estilo de vivir como cristiana, como religiosa…
Recibir a María en mi casa supone aceptar el riesgo de sentirme frágil, débil, vulnerable, supone reconocer y asumir mis límites, supone acoger y abrazar mi pobreza: nada tengo que no haya recibido…
Recibir a María en mi casa no es fácil si quiero vivir desde la coherencia y autenticidad mi consagración, pues su entrega incondicional, su disponibilidad ilimitada, su absoluta confianza en Dios me zarandea y me sitúa en el límite de mi anhelo de ser y vivir como Ella: por, para y desde Dios…
Recibir a María… ¡sí! En este atardecer del mes de mayo, quisiera que Jesús me entregara a su Madre, como se la entregó al discípulo amado, y recibirla, como él, en verdad.
Al caer la tarde quisiera hacer de mi corazón un altar, como el que está en el centro del mercado, y engalanarlo con flores de buenas obras…
Al declinar el día mi corazón chispea soñando recibir a María.
¿Y tú? ¿También quieres recibirla? ¡Anímate!

Inmaculada

Sí, te llaman Inmaculada, porque así te llamó Dios por medio del ángel Gabriel: ‘Alégrate, llena de gracia’, pulcra, nítida, pura, sin mancha…,  cuando fue a visitarte y anunciarte tu misión.
Una misión compleja, ardua, apasionante… Una misión que te llevaría a la gloria, pero sin obviar el paso por el calvario… Una misión que únicamente un alma como la tuya sería capaz de afrontar, acoger y asumir con plena conciencia. Una misión que te hacía grande por la grandeza de Aquel que se gestaría en tus entrañas.
¿Lo intuiste, María? De la elegancia de tu respuesta: ‘Hágase en mí…’, de tu presteza en ponerte en camino hacia Ain Karem, del canto pronunciado ante Isabel: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor…’, pienso que sí.
Y no debió ser fácil para Tí. Porque eras muy joven, porque no conocías varón, porque eras mujer.
Pero aún así, no vacilaste, no dudaste en tu respuesta. Sencillamente te abandonaste en sus brazos, dejaste que la sombra del Altísimo te cubriera con su sombra, que el Espíritu descendiera sobre tí… y aceptaste.
Aceptaste con amor, con gozo, con serenidad. Aceptaste con todas las consecuencias: asumiendo el riesgo de ser lapidada, repudiada, incomprendida, menospreciada…
Aceptaste vivir en vilo, porque asumir los planes de Dios es vivir abiertas a lo inesperado, lo inaudito, es vivir dejando que sea El quien viva y actúe a través de tí…
Inmaculada, llena de gracia, Mujer del Sí. Porque tu vida fue una continua aceptación, una perenne acogida, una incansable respuesta de amor.
Enséñame, María, a acoger con gozo, responder con prontitud y vivir con gratuidad, para hacer de mi vida un Sí a Dios, como lo fue la tuya… 

María, mujer

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Un año más el mes de mayo nos acerca a la figura de María, la Mujer por excelencia, la Madre por gracia de Dios.

Acercarnos a Ella es una manera de palpar, tocar, acariciar, nuestra realidad de criaturas, creadas por un designio de amor de Dios Padre.

Contemplar a María es aproximarnos a la grandeza que puede llegar a vivir, gustar y gozar la persona cuando es capaz de responder con fidelidad, presteza y alegría a la llamada de Dios.
La fragilidad, la humildad, la pequeñez, son en María motivo de gratitud y gratuidad: ‘Engrandece mi alma al Señor… porque se ha fijado en la pequeñez de su esclava’. (cf. Lc 1, 46.48)

Sí, Dios se fija en los pequeños detalles, en las búsquedas sinceras, en las respuestas coherentes. Dios se fija en la limpieza del alma, en la pobreza de espíritu, en la mansedumbre del corazón. Dios ha encontrado en María a la Mujer con la que El soñó para ser Madre de su Hijo; Dios ha descubierto en María un corazón libre para amarle sin condiciones; Dios ha visto en María un espejo en el que poder reflejarse.

En este mes de mayo, que iniciamos con la fiesta de San José Obrero y concluiremos con la Visitación de María a Isabel, María quiere acompañar nuestro camino, nuestra misión, nuestro trabajo: el camino de búsqueda de la voluntad de Dios para nuestro cotidiano vivir y de respuesta fiel, sincera y coherente a nuestra propia vocación; la misión de ser sus testigos en medio de una sociedad que necesita voces que interpelen y muestren que lo pequeño y frágil, lo humilde y sencillo, tiene valor; el trabajo, que cada uno desempeña, hecho con amor, para colaborar en la construcción de un mundo más justo, más humano, más fraterno.

María sostiene nuestros pasos vacilantes; infunde su aliento en nuestras vidas, a veces desorientadas; estimula nuestra respuesta al proyecto que Dios tiene para nosotras.

María es la Mujer libre y liberadora. Es la Madre en cuyas entrañas se gestan la cercanía y la ternura de un Dios amor. Es el modelo a seguir…

Acércate a Ella confiadamente en este mes… no podrás dejar de hacerlo en los siguientes.