María, desde el cielo

Me resulta dificil pensar en Tí, María, Madre y compañera en mi vida, en mi camino de seguimiento de Jesús, sin evocarte como peregrina, como buscadora de Dios, como mujer atenta a las necesidades de quienes te rodean, te invocan, te aclaman…
Siento que tu Asunción al cielo fue el culmen de tu canto del Magnificat: ‘desde ahora todas las generaciones me felicitarán…’
¡Qué bien supiste poner el acento en Quien fue tu única riqueza, en Quien te cautivó y por Quien te arriesgaste a caminar rompiendo moldes y esquemas, pronunciándote como Mujer!
¡Cuánto fue tu empeño en mostrarle a El, en darle todo el protagonismo de tu vida: ‘porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí’!
Sí, Madre. Tu grandeza fue tu humildad. Tu riqueza, la pobreza de un establo donde supiste ver el cielo en la tierra. Tu poder, el abandono en los brazos de quien en tí necesitaba ser arrullado. Tu fortaleza, la fragilidad de quien se sabe pequeña. Tu sabiduria, la obediencia al sueño de Dios para Tí. Tu oblación, la entrega generosa y disponible. Tu vivir, unas manos abiertas, unos pies peregrinos y un corazón enamorado, atento al querer de Dios y a las necesidades de quienes te rodean…
Porque supiste ser para los demás, fuiste para Dios. Porque quisiste ser de Dios, fuiste para los demás. Porque Dios se fijó en tí, Tu te dejaste hacer…
Desde dondequiera que estés, en el cielo gozando de El o en la tierra, allí donde pueda haber un pedacito de cielo… Madre, fortalece nuestros pasos, ilumina nuestras sendas, renuévanos en nuestro deseo de querer ser de Dios.

 

Abrazar al Resucitado

«Al alborear el primer día de la semana fueron María y la otra María a ver el sepulcro…» (Mt 28, 1)
Cada vez que leo este pasaje pienso por qué no iría María de Nazaret al sepulcro con las otras mujeres la mañana del domingo…
Quizás, medito, porque necesitaba de un espacio de soledad para asimilar lo acaecido; tal vez porque su esperanza dio paso a la certeza de que El ya no estaba allí; posiblemente porque ya ambos se habían encontrado y abrazado…
‘Creo, María, que tu fe te hizo sentir presente la ausencia, susurrado el silencio, iluminada la oscuridad…
Siento que Tu, María, Mujer…, fuiste la única que le esperaba llegar de un momento a otro, como en Nazaret, allí donde vuestra vida se hizo vecindad, proximidad, cercanía… 
Pienso que sólo Tu, María, la Madre…, permaneciste alerta, oteando el horizonte, avistando la brisa suave, aspirando el revoloteo del Espíritu…
En tu alcoba, una toalla y un lebrillo, una hogaza de pan y una copa de vino, una túnica blanca y un manto iridiscente… Todo preparado para lavar sus heridas, rememorar la Alianza, abrazar los abandonos.
Sí. No podía ser de otra manera… ¿dónde iba a acudir El sino donde la esperanza aleteaba, la fe perduraba y el amor todo lo inundaba?

Su primera visita tenía que ser para abrazarte, mitigar tu dolor y arrancar la espada que atravesaba tu alma… La primera aparición para Ti, que esperabas anhelante su llegada, para Tí que en Belén le envolviste en pañales y, en Jerusalén, con lienzos cubriste su cuerpo malherido, para Ti que pronunciaste un Hágase incondicional… El primer encuentro fue para serenar tu corazón, iluminar tu mirada, despertar tu sonrisa…
Sí, Tu fuiste la primera en abrazar al Resucitado…’
Ahora comprendo porqué María de Nazaret no fue al sepulcro… Allí tan sólo quedaban una piedra fría, unos lienzos tendidos y un sudario enrollado.  Allí únicamente cabían la certeza de la fe, el ardor de la esperanza y la profundidad del amor. Desde Jerusalén había que volver a Galilea, a Nazaret, a la cotidianedidad de una vida impregnada del aroma de la Resurrección… Y allí permanecía María, anhelante, orante, con la lámpara siempre encendida…
¡Feliz Pascua!

Renovar la Alianza

Un año más la festividad de la Natividad de María nos convoca congregacionalmente para renovar nuestra alianza de amor con Dios.
Alianza que sellamos un día con El al emitir nuestros primeros votos y que, día tras día, vamos renovando en la intimidad de nuestro corazón, en nuestro encuentro diario con El en la oración y en la celebración diaria de la Eucaristía.
Alianza que cada año, las hermanas de votos perpetuos, renovamos públicamente el 8 de septiembre en recuerdo de la profesión perpetua de la Madre Juana María y las primeras hermanas, evocando los primeros votos perpetuos que se emitieron en nuestra Congregación; renovación que nos conecta con nuestras raíces y nos ayuda a vivir en comunión con todas las hermanas.
Alianza que nos remite de un modo particular a María, Madre y Patrona de nuestra Congregación, aclamada desde antiguo como Arca de la Nueva Alianza, pues Dios inicia en Ella, al responderle con su Fiat, una nueva alianza con la humanidad. María, con su respuesta: Hágase en mí, establece una relación inviolable e indisoluble con Dios que perdurará por toda la eternidad.
María, por la fe, sella con Dios el pacto de la Nueva Alianza. La fe conduce a María al abandono incondicional, a la entrega sin reservas, a la confianza total. Por la fe, María se deja seducir por el amor de Dios y responde con prontitud a su llamada a vivir la radicalidad del Fiat.
Juana María también vivió desde la fe. Una fe que fue la luz de su vida. Una fe que dio consistencia y solidez a su vocación. Una fe que esclareció su discernimiento. Por la fe, Juana María se fio totalmente de Dios. De un Dios que se hizo presente en su vida y le tendió una mano; de un Dios que la llamó por su nombre y suscitó un proyecto en su corazón; de un Dios que, amándola con ternura, le pidió desprendimiento, confianza y abandono porque para El nada hay imposible… Juana María se fio de Dios y ambos sellaron una alianza de amor.
Nosotras, al igual que María Inmaculada y la Madre Juana María, estamos llamadas a vivir nuestra consagración al Dios de la vida, de la esperanza y del amor, desde la fe, desde la confianza plena, total y absoluta en Quien se ha fijado en nosotras, en cada una en particular, y nos ha llamado por nuestro nombre para sellar con El una alianza indisoluble y así entrar a formar parte del proyecto del Reino viviendo con el estilo y el espíritu de la Madre Juana María: descentradas de nosotras mismas para poder tener a Dios en el vértice de nuestros pensamientos.
Al renovar hoy nuestros votos evocamos con gratitud nuestros anhelos de ser de, por y para Dios respondiendo con firme decisión: ¡Fiat! ¡Hágase en mí!

Asunción

Un año más celebramos la Asunción de la Virgen al cielo, su reencuentro  con su Hijo Jesús.
Es también el momento en que Ella puede ver desvelado el rostro del Padre y se turba humildemente ante su presencia como aquel día en que el Espíritu la invadió con su sombra…
El Espíritu, que ha ido orientando y guiando cada paso de su camino, que ha ido dándole la fortaleza necesaria para llevar a cabo el proyecto de Dios, que la ha sostenido en los momentos de dificultad, es quien ahora la conduce ante el Padre y le muestra cuál es su misión, aquella que Jesús le confió en el momento sublime de su entrega: acompañar, velar e interceder por cada uno de nosotros.
A Ella nos dirigimos en este día y le presentamos nuestra pequeñez y fragilidad junto a nuestro ardiente deseo de vivir desde la sencillez y humildad, realizando el proyecto que Dios tiene preparado para cada una de nosotras: ser portadoras de esperanza, ser testigos del amor de Dios, ser artífices de su  paz.

«A tí, María, Asunta al Cielo, elevamos en este día nuestra plegaria.
Desde la presencia de Dios, mira nuestra pequeñez, abraza nuestra fragilidad, cúbrenos con tu manto y eleva al Padre nuestras súplicas…

Tu conoces nuestros corazones, sabes de nuestros miedos, de nuestras vacilaciones, pero también de nuestras ilusiones, anhelos y deseos…
Enséñanos a vivir abandonadas a la voluntad de Dios, acrecienta en nosotras los deseos de fidelidad, ayúdanos a crecer en coherencia con nuestra opción de vida, y acompaña nuestra misión en el proyecto del Reino de Dios.
Desde El, desde Dios Padre, con el Hijo y el Espíritu, vela por cada una de tus hijas, las que nos hemos hecho tus ‘Esclavas’ y queremos vivir la espiritualidad del ‘Hágase’, de la búsqueda incesante de la voluntad de Dios en el desempeño de la misión que, en consonancia con el carisma que el Espíritu suscitó a la Madre Juana María, El nos encomienda.
En tus brazos de Madre nos abandonamos. Amén.»

La Mare de Deu

Un año más la Mare de Deu nos convoca. Nos invita a vivir como Ella, a actuar como Ella, a ser como Ella…
Ella es amparo de los desamparados, cobijo de los que no tienen techo, alimento para quien tiene hambre, abrazo para los que viven en soledad, bálsamo para los que están heridos, sonrisa para los tristes, consuelo para los afligidos, fortaleza para los decaídos…
La Mare de Deu es palabra que alienta, manos que acarician, brazos que acogen, oídos que escuchan, hombros que sostienen, pies que acompañan el andar fatigado,  canto que alegra la vida, música que armoniza los afanes de cada día, ternura que estremece y conmueve el alma…
María es fuente de gozo, hontanar de alegría, manantial de esperanza…
Ella, María, la Mare de Deu, es quien mejor nos puede acercar a Jesús, quien nos enseña a vivir en su presencia, quien nos indica cómo hacer lo que El nos diga.
Ella es como yo quisiera ser: fiel discípula de Jesús.

Hágase

Al adentrarme en el misterio de la encarnación releyendo el relato de la anunciación o de la vocación de María, no puedo menos que pensar en el desbordamiento interior que viviría aquella joven nazarena al sentirse invitada por Dios a sellar con El la Nueva Alianza.

Pienso que sólo desde la sencillez de un corazón enamorado y abierto a la novedad del día a día es posible acoger el proyecto aparentemente descabellado de un Dios que quiere hacerse uno con y como nosotros.
Creo que esa fue la grandeza de María: su indudable disponibilidad y su abandono incondicional al querer de Dios. Sin ninguna duda el camino a recorrer no se preveía fácil; llegar a alumbrar al Hijo de Dios era la meta de un peregrinaje transitado entre incomprensiones, renuncias y despojo interior.
María, con su Hágase, se adentra en el Misterio de Dios y se deja envolver por su ternura hasta diluirse íntegramente y ser una con el Hijo que se gestaba en sus entrañas.
La excelsitud de María reside en su pequeñez, en su pureza, en su humildad; con su Fiat, María opta por ser de Dios y para Dios, decide morar en Dios, elige vivir desde Dios. Es El quien da sentido a su existir.

Hoy María nos invita a abrirnos al proyecto que Dios tiene diseñado para cada uno de nosotros y a dejarle delinearlo con nuestro abandono a su voluntad.
María nos anima a pronunciar, como Ella, con plena convicción: Hágase.
¡No lo dudemos, sólo así nuestra vida será plena!