Asunción

Un año más celebramos la Asunción de la Virgen al cielo, su reencuentro  con su Hijo Jesús.
Es también el momento en que Ella puede ver desvelado el rostro del Padre y se turba humildemente ante su presencia como aquel día en que el Espíritu la invadió con su sombra…
El Espíritu, que ha ido orientando y guiando cada paso de su camino, que ha ido dándole la fortaleza necesaria para llevar a cabo el proyecto de Dios, que la ha sostenido en los momentos de dificultad, es quien ahora la conduce ante el Padre y le muestra cuál es su misión, aquella que Jesús le confió en el momento sublime de su entrega: acompañar, velar e interceder por cada uno de nosotros.
A Ella nos dirigimos en este día y le presentamos nuestra pequeñez y fragilidad junto a nuestro ardiente deseo de vivir desde la sencillez y humildad, realizando el proyecto que Dios tiene preparado para cada una de nosotras: ser portadoras de esperanza, ser testigos del amor de Dios, ser artífices de su  paz.

«A tí, María, Asunta al Cielo, elevamos en este día nuestra plegaria.
Desde la presencia de Dios, mira nuestra pequeñez, abraza nuestra fragilidad, cúbrenos con tu manto y eleva al Padre nuestras súplicas…

Tu conoces nuestros corazones, sabes de nuestros miedos, de nuestras vacilaciones, pero también de nuestras ilusiones, anhelos y deseos…
Enséñanos a vivir abandonadas a la voluntad de Dios, acrecienta en nosotras los deseos de fidelidad, ayúdanos a crecer en coherencia con nuestra opción de vida, y acompaña nuestra misión en el proyecto del Reino de Dios.
Desde El, desde Dios Padre, con el Hijo y el Espíritu, vela por cada una de tus hijas, las que nos hemos hecho tus ‘Esclavas’ y queremos vivir la espiritualidad del ‘Hágase’, de la búsqueda incesante de la voluntad de Dios en el desempeño de la misión que, en consonancia con el carisma que el Espíritu suscitó a la Madre Juana María, El nos encomienda.
En tus brazos de Madre nos abandonamos. Amén.»

La Mare de Deu

Un año más la Mare de Deu nos convoca. Nos invita a vivir como Ella, a actuar como Ella, a ser como Ella…
Ella es amparo de los desamparados, cobijo de los que no tienen techo, alimento para quien tiene hambre, abrazo para los que viven en soledad, bálsamo para los que están heridos, sonrisa para los tristes, consuelo para los afligidos, fortaleza para los decaídos…
La Mare de Deu es palabra que alienta, manos que acarician, brazos que acogen, oídos que escuchan, hombros que sostienen, pies que acompañan el andar fatigado,  canto que alegra la vida, música que armoniza los afanes de cada día, ternura que estremece y conmueve el alma…
María es fuente de gozo, hontanar de alegría, manantial de esperanza…
Ella, María, la Mare de Deu, es quien mejor nos puede acercar a Jesús, quien nos enseña a vivir en su presencia, quien nos indica cómo hacer lo que El nos diga.
Ella es como yo quisiera ser: fiel discípula de Jesús.

Hágase

Al adentrarme en el misterio de la encarnación releyendo el relato de la anunciación o de la vocación de María, no puedo menos que pensar en el desbordamiento interior que viviría aquella joven nazarena al sentirse invitada por Dios a sellar con El la Nueva Alianza.

Pienso que sólo desde la sencillez de un corazón enamorado y abierto a la novedad del día a día es posible acoger el proyecto aparentemente descabellado de un Dios que quiere hacerse uno con y como nosotros.
Creo que esa fue la grandeza de María: su indudable disponibilidad y su abandono incondicional al querer de Dios. Sin ninguna duda el camino a recorrer no se preveía fácil; llegar a alumbrar al Hijo de Dios era la meta de un peregrinaje transitado entre incomprensiones, renuncias y despojo interior.
María, con su Hágase, se adentra en el Misterio de Dios y se deja envolver por su ternura hasta diluirse íntegramente y ser una con el Hijo que se gestaba en sus entrañas.
La excelsitud de María reside en su pequeñez, en su pureza, en su humildad; con su Fiat, María opta por ser de Dios y para Dios, decide morar en Dios, elige vivir desde Dios. Es El quien da sentido a su existir.

Hoy María nos invita a abrirnos al proyecto que Dios tiene diseñado para cada uno de nosotros y a dejarle delinearlo con nuestro abandono a su voluntad.
María nos anima a pronunciar, como Ella, con plena convicción: Hágase.
¡No lo dudemos, sólo así nuestra vida será plena!

En Ti, María

En Ti, María, se desborda el inmenso amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas.
En Ti, María, el misterio inefable e insondable de Dios se hace presencia latente y palpable.
En Ti, María, podemos contemplar la exuberancia de un Dios que se ha fijado en tu pequeñez y ha querido enaltecerte y ensalzarte.

En Ti, María, la vida se hace oración: esperanza confiada en un Dios para el que todo es posible; fe abandonada en un Dios que sabe lo que cada uno necesitamos; amor inapelable de Dios hacia cada uno de los pequeños de la historia.
En Ti, María, Dios sale a nuestro encuentro transitando nuestros caminos polvorientos; su misericordia se vuelve abrazo y caricia; su compasión se torna ternura y paciencia.
En Ti, María, Dios se hace uno con nosotros y Tu nos invitas a caminar tras sus huellas. En Ti encontramos la fortaleza para avanzar en nuestro camino de seguimiento de Jesús, siendo Esclavas tuyas desde la libertad de querer ser para El.
En Ti, María, podemos gestar un mundo nuevo de esperanza y de paz…

Davant de la Mare de Deu

¿Qué le dirías hoy, Juana María, a la Mare de Deu dels Desamparats? Creo que, aunque no lo cuenten las Crónicas, irías a menudo ante la Geperudeta a confiarle tus sueños, presentarle tus inquietudes, ofrecerle tus proyectos y pedirle por tus obreras…
Tu devoción a María tuvo que forjarse, necesariamente, delante de la Mare de Deu. Si tu madre te ofreció a Ella cuando eras muy niña, seguro que a menudo te llevaría a la Basílica para orar, agradecer y acompañar a la Virgen. Ahí, ante la protectora de los desamparados, se iría forjando tu anhelo de ser su esclava e, imitándola a Ella, proteger tu a las obreras, a esas mujeres tan desamparadas y necesitadas de un gesto de ternura, una palabra de ánimo y un abrazo con misericordia.
Pienso que en tus idas y venidas del Asilo hacia el Obispado para intentar convencer al cardenal Monescillo, una de tus paradas sería, ¡seguro!, ante la Mare de Deu…
Hoy, me gustaría, si me lo permites, poner palabras a tu oración:
«Mare de Deu, Virgen, Reina y Madre de los Desamparados, vengo a los pies de tu altar a implorarte por las jóvenes obreras que vagan extenuadas por caminos peligrosos y a las cuales quiero ofrecer una casa, donde, además de tener seguridad, puedan aprender a conoceros y quereros a Ti y a tu Hijo, y encontrar la dignidad que a menudo les es arrebatada…
Ablanda el corazón del cardenal; muéstrale la necesidad de mis obreras, y dispón su voluntad para que apruebe nuestra obra. Una obra que será más tuya que mía, pues sin Ti, sin tu protección y amparo, nada puedo.
Mare de Deu, acéptame como tu ‘esclava’ y muéstrame el camino a seguir. Mueve el corazón de otras jóvenes para que se unan a nuestro proyecto que, intuyo, será necesario a lo largo de los años… pues se me parte el corazón al ver que no puedo hacer lo que quisiera en favor de las obreras si no tengo quien nos ayude.
Concédeme, Madre, desempeñar fielmente la misión encomendada para que pueda glorificaros a Ti y a tu Hijo eternamente. Amén»

Esperanza

Alborea el primer día de la semana y unas mujeres caminan hacia el Calvario. Cerca de allí estaba el huerto en el que depositaron hace dos días el cuerpo de Jesús. Llevan aromas… El camino se hace largo y tortuoso, caminan desalentadas, abatidas; todo parece haberse acabado, sumirse en el vacío.
María, la Madre, no ha querido acompañarlas; ella permanece a la espera, ataviada como si alguien fuera a visitarla, con la lámpara encendida y el candor en la mirada. Ha estado así desde que, a duras penas, consiguieron apartarla del sepulcro: sumida en la oración; de vez en cuando las lágrimas se deslizan por sus mejillas, pero un halo de paz y serenidad la envuelve.
Mientras las mujeres preparan los aromas, Ella sonríe con complicidad; mientras ellas plañen en llanto amargo, María acaricia dulcemente los recuerdos de Jesús; mientras ellas preparan algo para comer, Ella ayuna esperando la Hora.
Vienen a su memoria tantos recuerdos… todas sus vivencias se van deslizando en su memoria comenzando por aquel día, más o menos por esa época del año, en que Gabriel le confió su misión hasta la cena de hace unos días donde ungieron a Jesús con perfume de nardo; ¡aún puede olerlo…!
María se siente feliz porque ha vivido la mejor de las experiencias que alguien puede vivir: conocer a Jesús. Ella le dio vida en sus entrañas, pero fue Jesús quien le mostró donde está la Vida. María le alimentó y le sostuvo en sus brazos, pero fue El quien sostenía su Fe y alimentaba su Esperanza. Ella le enseñó a hablar y a rezar, pero Jesús fue su mejor oración. María fue la Madre de Jesús y Jesús le enseñó a ser Hija de Dios…
Desgranando sus memorias, los recuerdos custodiados en su corazón, una suave brisa mece su alma y una ola de calor abraza su corazón. Una tenue fragancia llena la estancia. María comprende, se levanta con júbilo y se deja envolver por la Vida. No hay palabras, son innecesarias. Acaricia con ternura las huellas del dolor y las alivia con sus lágrimas de gozo. Entrelazan sus manos y María enhebra su vida con la de Jesús. Ya no se separarán jamás, aunque El parta hacia la Casa de su Padre…
Mientras, las mujeres encuentran la piedra corrida y el sepulcro vacío. Entonces comprenden la espera esperanzada de María. Y corren a abrazarla.
¡Feliz Pascua!