Celebrar a María

Al situarme ante María contemplando el misterio de su Inmaculada Concepción, estas dos palabras adquieren para mí un significado especial, que hoy comparto con quienes os acercáis a este Blog:
Inmaculada: me habla de la Mujer limpia de corazón, que supo ver a Dios en los acontecimientos de su vida, que supo escuchar atentamente la voz de Dios que la invitaba a caminar con El abandonando sus planes para ‘abandonarse’ en el cumplimiento de la misión que El le había preparado.
Me lleva hasta la Mujer fiel que tiene que rehacer continuamente su Hágase, descubriendo que ser creyente es pronunciar cada día, cada instante, ante cada circunstancia, un Si comprometido y comprometedor.
Me sitúa ante la Mujer libre, que por ser tal, quiere ser liberadora de los oprimidos, clamor de los que no tienen voz, paso presuroso para los cansados, alegría para los abatidos, luz para los que andan sumergidos en la noche.
Me acerca a la Mujer dichosa, feliz, bienaventurada, que supo encontrar en Dios el manantial de su gozo, de su plenitud, de su júbilo.

Concepción: me aproxima a María como Mujer que concibe en su corazón antes que en su seno al Hijo de Dios, al mediador de la Alianza; a la Mujer que fecundó en su corazón y engendró en sus entrañas al que es ‘Amor’.
Me conecta con la Mujer que da vida al que fue la razón y el sentido de su vida, al que es ‘germen’ de vida nueva; me enlaza con la Mujer que sitúa en el tiempo y en el espacio al que existe desde siempre; con la Mujer que acerca a Dios a la humanidad.
Me vincula a Quien fue capaz de gestar un proyecto gozoso a pesar de la espada del dolor; a la Mujer fiel que selló con Dios la Alianza anunciada por los profetas, revolucionando la memoria de un pueblo, escrita con renglones de infidelidad.

Hablar y celebrar a María en el misterio de su Inmaculada Concepción es comprometernos a dejar que su mano guíe nuestros trazos para redactar nuestra historia de confianza y fidelidad al Dios fiel; es arriesgarnos a gestar en nuestro corazón proyectos de liberación para las mujeres oprimidas; es empeñarnos en fecundar, en las almas de los niños y jóvenes, hambre de justicia, paz y solidaridad; es aventurarnos apasionadamente en el proyecto del Reino de Dios que nos lanza al servicio de los más pequeños y frágiles; es descubrirnos necesitados de Dios y vivirnos abandonadas en El, que es Padre-Madre con entrañas de misericordia…
Hablar de la Inmaculada Concepción de María y sentir que es Ella quien va conduciendo nuestro caminar, quien va nutriendo nuestra espiritualidad, quien va perfilando nuestro proyecto de servicio, es atrevernos a vivir, con y como Ella, la alegría del Evangelio.
¿Te animas a vivirla con y como nosotras, Esclavas de María Inmaculada?

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