Inmaculada

Sí, te llaman Inmaculada, porque así te llamó Dios por medio del ángel Gabriel: ‘Alégrate, llena de gracia’, pulcra, nítida, pura, sin mancha…,  cuando fue a visitarte y anunciarte tu misión.
Una misión compleja, ardua, apasionante… Una misión que te llevaría a la gloria, pero sin obviar el paso por el calvario… Una misión que únicamente un alma como la tuya sería capaz de afrontar, acoger y asumir con plena conciencia. Una misión que te hacía grande por la grandeza de Aquel que se gestaría en tus entrañas.
¿Lo intuiste, María? De la elegancia de tu respuesta: ‘Hágase en mí…’, de tu presteza en ponerte en camino hacia Ain Karem, del canto pronunciado ante Isabel: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor…’, pienso que sí.
Y no debió ser fácil para Tí. Porque eras muy joven, porque no conocías varón, porque eras mujer.
Pero aún así, no vacilaste, no dudaste en tu respuesta. Sencillamente te abandonaste en sus brazos, dejaste que la sombra del Altísimo te cubriera con su sombra, que el Espíritu descendiera sobre tí… y aceptaste.
Aceptaste con amor, con gozo, con serenidad. Aceptaste con todas las consecuencias: asumiendo el riesgo de ser lapidada, repudiada, incomprendida, menospreciada…
Aceptaste vivir en vilo, porque asumir los planes de Dios es vivir abiertas a lo inesperado, lo inaudito, es vivir dejando que sea El quien viva y actúe a través de tí…
Inmaculada, llena de gracia, Mujer del Sí. Porque tu vida fue una continua aceptación, una perenne acogida, una incansable respuesta de amor.
Enséñame, María, a acoger con gozo, responder con prontitud y vivir con gratuidad, para hacer de mi vida un Sí a Dios, como lo fue la tuya… 

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