Recibir a María

Esta mañana he asistido a la Eucaristía en la Basílica de la Virgen de los Desamparados, pues hoy se celebra su solemnidad. Escuchábamos del Evangelio según san Juan el relato de la entrega que hace Jesús de su Madre al discípulo amado (Jn 19, 25-27).
Concluye esta perícopa con la expresión: el discípulo la recibió en su casa… expresión que he ido rumiando en mi regreso a casa, pasando por el mercado central, que estos días acoge una imagen de la Virgen en un sencillo altar lleno de flores; imagen que está siendo contemplada, venerada y admirada por cuantos pasan por allí ¡y no son pocos! (me incluyo yo y algunas hermanas de mi comunidad).
Al detenerme ante este altar me preguntaba por el sentido de esta frase para mí: ¿recibo a María en mi casa? ¿cómo la recibo?
Recibir a María en mi casa me compromete a abrirle la puerta de mi corazón, a dejarle entrar en mi interioridad, a permitirle cuestionarme en mi estilo de vivir como cristiana, como religiosa…
Recibir a María en mi casa supone aceptar el riesgo de sentirme frágil, débil, vulnerable, supone reconocer y asumir mis límites, supone acoger y abrazar mi pobreza: nada tengo que no haya recibido…
Recibir a María en mi casa no es fácil si quiero vivir desde la coherencia y autenticidad mi consagración, pues su entrega incondicional, su disponibilidad ilimitada, su absoluta confianza en Dios me zarandea y me sitúa en el límite de mi anhelo de ser y vivir como Ella: por, para y desde Dios…
Recibir a María… ¡sí! En este atardecer del mes de mayo, quisiera que Jesús me entregara a su Madre, como se la entregó al discípulo amado, y recibirla, como él, en verdad.
Al caer la tarde quisiera hacer de mi corazón un altar, como el que está en el centro del mercado, y engalanarlo con flores de buenas obras…
Al declinar el día mi corazón chispea soñando recibir a María.
¿Y tú? ¿También quieres recibirla? ¡Anímate!

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