Sal a darlo todo

???????????????????????????????Sal, sal, sal…
Ponte en camino.
Ve ligero de equipaje.
Dispón tu corazón a lo imprevisto.
Libérate de ataduras.
Abre tus ojos; dirige tu mirada hacia el horizonte sin dejar a un lado a quien camina a tu lado, a quien se cruza en tu camino.
Déjate guiar, orientar, acompañar…
Emprendes un viaje en el que Dios es el camino, el Evangelio tu mochila, María Inmaculada tu guía y la Madre Juana María tu compañera de fatigas…
Así fue la llamada, así fue. Así es.
Dios no lo piensa dos veces; El se ha fijado en tí y ha forjado un proyecto para tu vida.
Tampoco tú debes pensarlo; es más fácil si te dejas llevar, si te lanzas al infinito, si te abandonas en sus manos.
¿Cuál es la meta? ¿Las etapas? ¿Los albergues del camino?
La meta es El. Las etapas son la vida misma, tu crecimiento personal, tu entrega a los demás. Los albergues, los encuentros diarios con El en la oración, la Eucaristía, la escucha de la Palabra…
¿Aún no lo tienes claro? Dios sale a tu encuentro y te invita a que tu salgas a darlo todo.
¿Todo? Sí, TODO. Porque El es el Todo.
¡Te está llamando! ¿Te animas a decirle: SI?

Recuerdo agradecido

Hoy el recEucuerdo me acerca una vez más a la figura de nuestra Madre Juana María…
¡Qué emoción tan grande sentirías al ver que tus proyectos se iban fraguando! ¡La primera Eucaristía en el Asilo! ¡Las obreras tenían ya su hogar!
Hoy quiero darte las gracias Madre por tu tesón, tu constancia, tu perseverancia… Gracias por fiarte, por confiar, por dejarte llevar de la intuición de tu corazón. Gracias por escuchar la voz de Dios en las voces de las obreras. Gracias porque las ‘otras’, las ‘obreras’, fueron para tí la voz, la mirada, la sonrisa, la presencia del Otro, de Dios.
Entre los pocos recuerdos que tenemos de tí, descubro esta estampa que, quizás, la tuvieras en tu librito de oraciones, quizás, en tu mesa, quizás en tu cuarto… ¡qué importa dónde! lo que importa es que representa a Quien fue el centro de tu vida, hacia el que volvías constantemente tu corazón, tu mirada, tu quehacer. Representa Al que atrapó tu corazón entre sus redes de humilde pescador y quiso que tu prolongarás su tarea, y salieras a bregar cada día al camino de las Moreras, por el que transitaban, cansadas y humilladas, las obreras, y les restañaras su dignidad ofreciéndoles compartir contigo su fatiga.
Hoy, en esta casa, cuyas paredes parecen hablarme de tí, quisiera que todo lo tuyo me impregnara, que tu manera de ser, de actuar, de vivir fuera calando en mi corazón e imprimiendo esa tenue huella que, aunque apenas se percibe en la arena, si la sigues llegas a buen puerto, al puerto más seguro: Dios.

La otra María

Al llegar a este tiempo de Pascua siempre me quedo pensando en una aparición que no aparece en los relatos evangélicos que han llegado hasta nosotros, y de la que tengo la certeza que existió. Certeza que no se basa en hechos ni en palabras sino en una intuición del corazón: ¿cómo no iba a hacer partícipe Jesús a su propia Madre del gozo, de la alegría, de la paz de la Resurrección?
Muchos dicen que María no necesitaba comprobar con hechos lo que su corazón vivía y sentía; que ella experimentó la resurrección del Hijo desde la certeza de la fe… Tal vez sea cierto, ¿quien soy yo para discutir con los teólogos y exegetas esas afirmaciones fruto del estudio y la reflexión?
Pero… desde mi ser de mujer, desde mi profundo amor a María, estos días me quedó siempre pensando en esta aparición. Jesús, el Hijo, el fruto de las entrañas de María, del que nos dicen los evangelios que vivió y sintió como hombre, debió sentir la necesidad de hacer partícipe a María del gozo y la alegría, de que todo el dolor había sido vencido y El había culminado su misión.
San Mateo nos habla en uno de los relatos de las apariciones de la ‘otra María’; ¿es una manera indirecta de referirse a la Madre? ¿cómo no iba a ser Ella una de las que fueran al sepulcro la mañana del sábado para embalsamar el cuerpo que tantas veces habían estrechado sus brazos? ¿cómo iba a dejar esta última tarea incompleta?

‘Gracias, María, por tu ser de mujer,
por tu fe inquebrantable,
por tu amor entrañable.
Gracias por esperar y creer,
por confiar en El,
por lanzarme a sus brazos.
Gracias.’

Fortaleza

piedad     Hoy, sábado santo, es el día de la esperanza. Esperanza en la vida, en el amor…
Hoy es el día de permanecer junto a María, la Madre de Jesús. Y al sentarme a compartir con Ella las vivencias referentes a Jesús de estos días pasados: la entrada triunfal en Jerusalén, aquella cena en Betania con sus amigos, cuando María derramó sobre Jesús el perfume de nardo, la cena pascual donde Ella permaneció, atenta y servicial, en un segundo plano, la sobremesa pausada, el partir apresurado hacia el Huerto de los Olivos, el largo abrazo con que le envolvió Jesús antes de salir, las noticias pesarosas que le iban llegando, su marcha precipitada para salir a su encuentro y apoyarlo con su mirada tierna de Madre, el sonido de los látigos, del martillo, de la lanza, su presencia silenciosa, orante, al pie de la Cruz, el tenerlo de nuevo entre sus brazos, limpiar su rostro, cerrarle los ojos, darle el último beso… al compartir con Ella estas vivencias me admira su Fortaleza.
No fue fácil su camino, su vida, pero Dios cuidó de Ella con ternura, con misericordia, con amor… Dios le concedió la fortaleza del corazón para ir acogiendo, asimilando y ennobleciendo el sufrimiento y el dolor de tantas mujeres como a lo largo de la historia pierden a sus hijos.
Tu fortaleza, María, me impulsa a no desfallecer ante las dificultades del camino, me insta a depositar en Dios todos mis afanes, cuestiona mi vida. Tu fortaleza, María, es hoy mi esperanza.

¿Lo conozco?

CristoHoy resuenan en mí las palabras de Pedro en el relato de la Pasión de Jesús: ‘No conozco a ese hombre’. Y de alguna manera intuyo lo que figuradamente podían significar; Pedro no conocía a Jesús como El quería darse a conocer: como el Amor absoluto, como el que da la vida por Amor. Pedro no conocía, no era capaz de entender, el alcance y el significado pleno de la vida de Jesús, de cada una de sus palabras, del simbolismo de sus gestos. Pedro conocía al Jesús de los milagros, al de las palabras que encandilaban el alma, al que atraía a las masas; Pedro conocía al Jesús triunfador, transfigurado en el monte Tabor, andando sobre las aguas, calmando la tempestad… Pero Pedro no conocía al Jesús que fue capaz de acoger en sí toda la fragilidad y la miseria humana, para asumirla y redimirla. Pedro no entendía el secreto que encerraban cada uno de sus gestos: el lavatorio de los pies, la última cena, el pan partido y repartido, beber con El la copa de la Alianza…

Y hoy me pregunto qué puedo decir yo, quien es el Jesús que conozco, Aquel al que sigo, Aquel por quien he optado: el Jesús que no compromete, el de los milagros, el Jesús de las palabras amables, el de los gestos espectaculares…; o más bien el Jesús comprometido con los débiles y los pobres, el que gasta y desgasta su vida, el que lo entrega todo, el que no se posee, el que desde la Cruz sigue perdonando y amando, el Jesús que muere por mí…

No es fácil decir: Yo conozco a ese hombre, y decirlo con el corazón, con la vida, con cada palabra y cada gesto. No es fácil decirlo si no lo ponemos todo en juego, si no arriesgamos la vida, si no nos entregamos plenamente. No es fácil decirlo y hacerlo por Amor.
He ahí mi reto para esta Semana Santa; cuestionarme si realmente lo conozco y le sigo.

Un año más

Sí, un año más de vida. Un año más que el recuerdo agradecido nos acerca a la figura de la Madre Juana María.
30 y 31 de marzo. Nacimiento y Bautismo: vida y Vida. Vida física y vida espiritual…
En tí, Madre Juana María, ambas van estrecha e indisolublemente unidas, porque tu vida fue una vida desde el Espíritu. Tu espíritu sólo podía vivir conectado al Espíritu de Dios porque era El quien movía tus hilos, por eso en tí vida y Vida fueron tan entrelazadas, tan acompañadas la una de la otra.
Hoy quiero agradecer tu camino, el camino que trazaste en la Iglesia y la sociedad para que otras lo siguiéramos; el camino que unas veces con paso vacilante, otras más decidido, algunas arriesgado, otras tímido, otras… tú sabes bien cómo, nosotras, tus hijas, las Esclavas de María, vamos recorriendo.
Gracias, Madre, por tu Vida.
¡Felicidades! en el nuevo cumpleaños que celebras junto al Padre.