Fortaleza

piedad     Hoy, sábado santo, es el día de la esperanza. Esperanza en la vida, en el amor…
Hoy es el día de permanecer junto a María, la Madre de Jesús. Y al sentarme a compartir con Ella las vivencias referentes a Jesús de estos días pasados: la entrada triunfal en Jerusalén, aquella cena en Betania con sus amigos, cuando María derramó sobre Jesús el perfume de nardo, la cena pascual donde Ella permaneció, atenta y servicial, en un segundo plano, la sobremesa pausada, el partir apresurado hacia el Huerto de los Olivos, el largo abrazo con que le envolvió Jesús antes de salir, las noticias pesarosas que le iban llegando, su marcha precipitada para salir a su encuentro y apoyarlo con su mirada tierna de Madre, el sonido de los látigos, del martillo, de la lanza, su presencia silenciosa, orante, al pie de la Cruz, el tenerlo de nuevo entre sus brazos, limpiar su rostro, cerrarle los ojos, darle el último beso… al compartir con Ella estas vivencias me admira su Fortaleza.
No fue fácil su camino, su vida, pero Dios cuidó de Ella con ternura, con misericordia, con amor… Dios le concedió la fortaleza del corazón para ir acogiendo, asimilando y ennobleciendo el sufrimiento y el dolor de tantas mujeres como a lo largo de la historia pierden a sus hijos.
Tu fortaleza, María, me impulsa a no desfallecer ante las dificultades del camino, me insta a depositar en Dios todos mis afanes, cuestiona mi vida. Tu fortaleza, María, es hoy mi esperanza.

¿Lo conozco?

CristoHoy resuenan en mí las palabras de Pedro en el relato de la Pasión de Jesús: ‘No conozco a ese hombre’. Y de alguna manera intuyo lo que figuradamente podían significar; Pedro no conocía a Jesús como El quería darse a conocer: como el Amor absoluto, como el que da la vida por Amor. Pedro no conocía, no era capaz de entender, el alcance y el significado pleno de la vida de Jesús, de cada una de sus palabras, del simbolismo de sus gestos. Pedro conocía al Jesús de los milagros, al de las palabras que encandilaban el alma, al que atraía a las masas; Pedro conocía al Jesús triunfador, transfigurado en el monte Tabor, andando sobre las aguas, calmando la tempestad… Pero Pedro no conocía al Jesús que fue capaz de acoger en sí toda la fragilidad y la miseria humana, para asumirla y redimirla. Pedro no entendía el secreto que encerraban cada uno de sus gestos: el lavatorio de los pies, la última cena, el pan partido y repartido, beber con El la copa de la Alianza…

Y hoy me pregunto qué puedo decir yo, quien es el Jesús que conozco, Aquel al que sigo, Aquel por quien he optado: el Jesús que no compromete, el de los milagros, el Jesús de las palabras amables, el de los gestos espectaculares…; o más bien el Jesús comprometido con los débiles y los pobres, el que gasta y desgasta su vida, el que lo entrega todo, el que no se posee, el que desde la Cruz sigue perdonando y amando, el Jesús que muere por mí…

No es fácil decir: Yo conozco a ese hombre, y decirlo con el corazón, con la vida, con cada palabra y cada gesto. No es fácil decirlo si no lo ponemos todo en juego, si no arriesgamos la vida, si no nos entregamos plenamente. No es fácil decirlo y hacerlo por Amor.
He ahí mi reto para esta Semana Santa; cuestionarme si realmente lo conozco y le sigo.

Un año más

Sí, un año más de vida. Un año más que el recuerdo agradecido nos acerca a la figura de la Madre Juana María.
30 y 31 de marzo. Nacimiento y Bautismo: vida y Vida. Vida física y vida espiritual…
En tí, Madre Juana María, ambas van estrecha e indisolublemente unidas, porque tu vida fue una vida desde el Espíritu. Tu espíritu sólo podía vivir conectado al Espíritu de Dios porque era El quien movía tus hilos, por eso en tí vida y Vida fueron tan entrelazadas, tan acompañadas la una de la otra.
Hoy quiero agradecer tu camino, el camino que trazaste en la Iglesia y la sociedad para que otras lo siguiéramos; el camino que unas veces con paso vacilante, otras más decidido, algunas arriesgado, otras tímido, otras… tú sabes bien cómo, nosotras, tus hijas, las Esclavas de María, vamos recorriendo.
Gracias, Madre, por tu Vida.
¡Felicidades! en el nuevo cumpleaños que celebras junto al Padre.

Hágase

«Y dijo María: Hágase en mí…» (Lc 1, 38)
Hágase es la expresión que encierra todo el querer de María, todo el deseo de llevar a plenitud en ella el proyecto de Dios para la humanidad, todo su anhelo de acoger en sus entrañas al Arca de la Nueva Alianza…
Hágase es la expresión de la entrega sin límites, del amor incondicional.
Hágase en mí nos conduce a una página nueva de la historia de la humanidad, la que a partir de ese instante empieza a escribirse por la encarnación del Hijo de Dios.
Hágase es una invitación para todos nosotros a abrirnos a la acción del Espíritu de Dios en nuestra vida.
Hágase puede ser nuestra respuesta si cada día dejamos paso a Dios en nuestro caminar.
Hágase, ¿nos atrevemos a pronunciarlo con nuestra vida?

Con gratitud

AzulejosSanta
Con gratitud se eleva en mi alma el recuerdo hacia la Madre Juana María.
Una mujer que entregó su vida: su ser, su tener y su hacer.
Una mujer que solo supo vivir para Dios.
Una mujer a la que hoy, con mis pobres palabras, quiero tributar un homenaje.
Una mujer que supo poner a los demás en el centro de su vida porque Alguien la ‘descentró’, Alguien la polarizó, Alguien se adueñó de ella.
Juana María, tu vida es una continua interpelación en mi caminar.
¡Cuántas veces al recorrer los pasillos de la casa pienso que tus huellas están impresas en ellos! ¡Cuántas veces pienso qué harías tu ante esta u otra situación, que le dirías tu a esta mujer, cómo actuarías con la otra…!
Hoy quiero cantar en tu honor un canto de alabanza a Dios por el don de tu vida… ¡Gracias!

Adentrándonos

Adentrándonos en el corazón, adentrándonos en las entrañas de la vida, adentrándonos en el paso de Dios por nuestra vida.
Cada día que pasa es una nueva oportunidad para descubrir que Dios está al alcance de nuestra mano, que es El quien guía nuestros pasos, quien deja las huellas grabadas en el camino para que nosotros pisemos seguros.
Cada acontecimiento es un reto que nos lanza hacia lo alto, que nos invita a mirar más allá, a descubrir que hay Alguien que nos está esperando.
Adentro, desde el interior. Adentro, desde la fragilidad de nuestro ser. Adentro, desde la fortaleza que brota de nuestra debilidad. Adentro, desde la mirada ilusionada, desde la sonrisa callada. Adentro, desde la ternura que brota del encuentro.
Adentro, desde el interior. Adentro porque es Dios quien nos habita.