La otra María

Al llegar a este tiempo de Pascua siempre me quedo pensando en una aparición que no aparece en los relatos evangélicos que han llegado hasta nosotros, y de la que tengo la certeza que existió. Certeza que no se basa en hechos ni en palabras sino en una intuición del corazón: ¿cómo no iba a hacer partícipe Jesús a su propia Madre del gozo, de la alegría, de la paz de la Resurrección?
Muchos dicen que María no necesitaba comprobar con hechos lo que su corazón vivía y sentía; que ella experimentó la resurrección del Hijo desde la certeza de la fe… Tal vez sea cierto, ¿quien soy yo para discutir con los teólogos y exegetas esas afirmaciones fruto del estudio y la reflexión?
Pero… desde mi ser de mujer, desde mi profundo amor a María, estos días me quedó siempre pensando en esta aparición. Jesús, el Hijo, el fruto de las entrañas de María, del que nos dicen los evangelios que vivió y sintió como hombre, debió sentir la necesidad de hacer partícipe a María del gozo y la alegría, de que todo el dolor había sido vencido y El había culminado su misión.
San Mateo nos habla en uno de los relatos de las apariciones de la ‘otra María’; ¿es una manera indirecta de referirse a la Madre? ¿cómo no iba a ser Ella una de las que fueran al sepulcro la mañana del sábado para embalsamar el cuerpo que tantas veces habían estrechado sus brazos? ¿cómo iba a dejar esta última tarea incompleta?

‘Gracias, María, por tu ser de mujer,
por tu fe inquebrantable,
por tu amor entrañable.
Gracias por esperar y creer,
por confiar en El,
por lanzarme a sus brazos.
Gracias.’

Fortaleza

piedad     Hoy, sábado santo, es el día de la esperanza. Esperanza en la vida, en el amor…
Hoy es el día de permanecer junto a María, la Madre de Jesús. Y al sentarme a compartir con Ella las vivencias referentes a Jesús de estos días pasados: la entrada triunfal en Jerusalén, aquella cena en Betania con sus amigos, cuando María derramó sobre Jesús el perfume de nardo, la cena pascual donde Ella permaneció, atenta y servicial, en un segundo plano, la sobremesa pausada, el partir apresurado hacia el Huerto de los Olivos, el largo abrazo con que le envolvió Jesús antes de salir, las noticias pesarosas que le iban llegando, su marcha precipitada para salir a su encuentro y apoyarlo con su mirada tierna de Madre, el sonido de los látigos, del martillo, de la lanza, su presencia silenciosa, orante, al pie de la Cruz, el tenerlo de nuevo entre sus brazos, limpiar su rostro, cerrarle los ojos, darle el último beso… al compartir con Ella estas vivencias me admira su Fortaleza.
No fue fácil su camino, su vida, pero Dios cuidó de Ella con ternura, con misericordia, con amor… Dios le concedió la fortaleza del corazón para ir acogiendo, asimilando y ennobleciendo el sufrimiento y el dolor de tantas mujeres como a lo largo de la historia pierden a sus hijos.
Tu fortaleza, María, me impulsa a no desfallecer ante las dificultades del camino, me insta a depositar en Dios todos mis afanes, cuestiona mi vida. Tu fortaleza, María, es hoy mi esperanza.

Hágase

«Y dijo María: Hágase en mí…» (Lc 1, 38)
Hágase es la expresión que encierra todo el querer de María, todo el deseo de llevar a plenitud en ella el proyecto de Dios para la humanidad, todo su anhelo de acoger en sus entrañas al Arca de la Nueva Alianza…
Hágase es la expresión de la entrega sin límites, del amor incondicional.
Hágase en mí nos conduce a una página nueva de la historia de la humanidad, la que a partir de ese instante empieza a escribirse por la encarnación del Hijo de Dios.
Hágase es una invitación para todos nosotros a abrirnos a la acción del Espíritu de Dios en nuestra vida.
Hágase puede ser nuestra respuesta si cada día dejamos paso a Dios en nuestro caminar.
Hágase, ¿nos atrevemos a pronunciarlo con nuestra vida?