Gozo y plenitud

Hoy, además del día de la Madre, celebramos la Jornada de Oración por las Vocaciones, de un modo especial por las vocaciones a la vida consagrada.
Como mujer consagrada, primero por el Bautismo, después por la Confirmación y finalmente por la consagración religiosa como Esclava de María inmaculada, hoy siento el deseo de dar testimonio de la vivencia de mi vocación…
No es fácil expresar con palabras lo que intento vivir cada jornada, y más cuando descubro que mi debilidad a veces puede alejarme del proyecto de Dios sobre mí.
Mi vida quiere ser una respuesta generosa al amor que Dios ha derramado en mi corazón cual cara fragancia que se guarda en un frasco pequeño, frágil, quebradizo; fragancia que me desborda y se derrama deseando perfumar a quienes comparten mi caminar…
Creo que esto puede ser hoy la síntesis de mi vocación:
– una vocación que me hace vivir desde la alegría y el gozo de sentirme entrañablemente querida por Dios;
– una vocación que me lleva a la entrega cotidiana de mi vida en el intento de ser prolongación del carisma que el Espíritu suscitó a la Madre Juana María;
. una vocación que me lanza a ser ‘madre’ de las mujeres, jóvenes, niñ@s… que comparten su vida con nosotras…

Como  Juana María, como María, quiero vivir esa maternidad espiritual que me lleva a gastarme y desgastarme, a entregarme por los demás, con mi fragilidad es cierto, pero con el inmenso deseo de servir y dar testimonio del amor que Dios derrama copiosamente sobre cada criatura.
Entregarme a Dios, ser consagrada por El, es lo que da sentido y plenitud a mi vida.
También Dios puede dar sentido a la tuya. ¿Te atreves a seguirle?

Enardecer el corazón

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» es la pregunta que se hacen los peregrinos de Emaús, después de reconocer a Jesús.
Quizás también Jesús nos tildaría a nosotros hoy de torpes y necios para creer lo que dicen las Escrituras de El; nos tacharía de incrédulos y escépticos porque seguimos necesitando signos para descubrirle presente entre nosotros, para sentir, palpar y gustar su presencia evidente entre nuestro cotidiano vivir…
Sí, es cierto. Decimos que creemos en El, que le vemos en los acontecimientos de cada día, que le sentimos caminar con nosotros, a nuestro lado… pero cuando al llegar la noche vuelvo la mirada hacia lo vivido, sentido, hablado y orado a lo largo del día muchas veces caigo en la cuenta de lo poco que me he dejado guiar, orientar, aconsejar y acompañar por El…
Tal vez nos pase, al menos a mí, como a los discípulos de Emaús, que necesitamos un signo evidente que nos haga caer en la cuenta de que es El quien nos guía, nos orienta, acompaña, alienta, empuja… en nuestros quehaceres cotidianos; tal vez necesitamos ese abrazo de ternura, esa mirada entrañable, ese susurro tenue que enardezca nuestro corazón y nos haga correr para anunciar que le hemos visto, que vive entre nosotros…

En estos días de Pascua, te pido Señor me ayudes a desvelar los signos evidentes de tu presencia en mi vida; que al partirte para mí en el Pan de la Eucaristía sacies mi hambre de tí; que tu Palabra de Vida, escuchada y orada, enardezca mi corazón y se traduzca en gestos de tu amor hacia mis hermanos y hermanas…

Porque me has visto…

Los textos evangélicos de esta primera semana de Pascua nos han ido adentrando, progresivamente, en las apariciones de Jesús Resucitado a las mujeres, a María Magdalena, a los peregrinos de Emaús, a los discípulos…
Y todos hacen referencia a la fe, a la necesidad de tener fe para poder ver, descubrir, reconocer, asombrarse, alegrarse… la necesidad de la fe para encontrarse con Jesús.
Y, comentaba una hermana de mi comunidad, si a los discípulos que habían pasado tantos días con El, que habían compartido con El la mesa del pan y la palabra, habían deambulado junto a El por caminos polvorientos, le habían visto hacer tantos milagros… les costó reconocerle, ¿qué podemos esperar que nos pase a nosotros…? Quizá ésto (la dificultad para reconocer a Jesús en nuestra vida) pudiera ser cierto desde el punto de vista lógico, pero en el texto evangélico de este domingo, ante la incredulidad de Tomás, Jesús exclama: ‘¡Dichosos los que crean sin haber visto!’, y ahí podemos incluirnos todos nosotros.
Esta expresión de Jesús me fortalece porque me habla de la posibilidad de encontrarme con El, me llena de esperanza porque me lleva a dejarme asombrar ante su presencia callada en los acontecimientos de mi vida, me inunda de serenidad porque me siento mirada con ternura, acariciada con compasión, escuchada con misericordia…
¡Dichosos los que crean sin haber visto! me impulsa a vivir con la certeza de que El se ha adentrado en mi alma y me llena de gozo y júbilo; me lanza a caminar con la seguridad de que es El quien guía mis pasos, traza mis sendas, orienta mis proyectos…
Me siento dichosa, ¡sí!, porque he visto y sentido su acción en mi vida, y sólo por eso ya puedo creer. ¿Y tú?

Vio y creyó

Nos dice el texto evangélico de hoy que el otro discípulo, el que Jesús amaba, vio y creyó.
Pienso que el mundo contemporáneo necesita signos para creer. Y me pregunto qué signos les mostramos nosotros, los creyentes, para que puedan encontrarse con el Resucitado…
Estoy convencida de que hay muchos signos de vida, de resurrección, en nuestra sociedad, pero se dan tan en el silencio que sólo unos pocos son capaces de descubrirlos. Acaecen en la noche, en el silencio, al igual que la Resurrección de Jesús.
La diferencia quizás estriba en que hoy son pocos los que buscan signos, respuestas, certezas… vivimos inmersos en el ruido, la abundancia, la superficialidad. Estamos tan llenos de otras cosas que restamos importancia a lo realmente importante: ¡Jesús ha resucitado! Ha vencido el poder del mal y el amor es quien tiene la última palabra. Al final del camino sólo nos quedará el amor que hayamos derramado, el perfume que vertimos, las flores que sembramos…

Esta Pascua, en un contexto en que la paz está especialmente amenazada, deberíamos esforzarnos en reproducir los signos de vida, de esperanza, de gozo, de alegría… deberíamos anunciar con nuestra vida cotidiana que Dios camina a nuestro lado, porque la Vida ha vencido. Tendríamos que ser signos visibles de la Resurrección para que quien nos viera, creyera.

¡FELIZ PASCUA!

Derroche de Amor

Leía en la catequesis del Papa de ayer, miércoles santo, una frase que ha sacudido mi interior: ‘Quien ama pierde poder, quien dona se despoja de algo y amar es un don’… Y es que en ella he podido descubrir las resistencias que tenemos, a veces, las personas a AMAR (Amar con mayúsculas, amar sinceramente; no me refiero a ciertos cariños o afectos, que nos hacen sentir bien).
Nos resistimos a Amar porque no queremos perder poder, porque nos duele dar y más aún darnos, porque nos desestabiliza despojarnos de algo, porque desprendernos de nuestro amor nos vuelve más vulnerables…
Nos resistimos a Amar porque el Amor requiere una salida de nosotros mismos, un abrir las puertas de nuestro corazón y dejar que el Otro y los otros entren y se adueñen de él.
Amar es experimentar la pobreza de quien todo lo ha recibido y, por tanto, todo lo ha de entregar. Amar es vivir en gratuidad.

Creo que en el mundo occidental, en el que vivo, hemos perdido de vista el horizonte fundamental de nuestra existencia, y vamos a la carrera buscando subir más y más, escalando grados, demandando reconocimiento, exigiendo derechos que, consideramos, merecemos…
¡Sí! Definitivamente hemos olvidado el mensaje del Evangelio: ‘Yo he venido para servir’ (cf. Mc 10, 45), nos dijo Jesús. Y esta misión suya, el servicio, sólo tuvo una razón: el Amor.
Tanto nos amó (y nos ama) Jesús que vivió su vida como donación absoluta, despojándose de todo cuanto tenía y era para hacerse uno entre y como nosotros. Sí, su vida fue un derroche de Amor. Y, por tanto, la nuestra, la vida de quienes decimos que le seguimos, la de quienes creemos en El, de quienes profesamos la fe en su mensaje, debe estar polarizada por ese deseo de Amar como El nos amó.

Un Amor que nos llevará a perder poder, a vivir en continua donación, a despojarnos de nuestro yo.
Un Amor que nos hará libres para entregar la vida, como hizo El.
Este es mi reto… ¿y el tuyo?

Más de 100 años

Sí, se dice pronto. Ya hace más de 100 años que nos dejaste. Discretamente, en silencio, como te gustó vivir: ‘… sin levantar polvo…’ Pero, ¿realmente fue así? ¿fue tan callada tu vida? Cuando pienso en todo lo que iniciaste con tan solo 18 años, a las personas que motivaste, a las que entusiasmaste, a las que dignificaste, a las que liberaste… creo que tu vida no fue callada.

Quizás en tí no abundaran las palabras y fueran las obras las que expresaran en voz alta cuáles eran los hilos que movían tu vida, a Quien estabas atada, por quienes habías optado. En tu vida las palabras fueron los gestos cautelosos y discretos, los gestos decididos y aventurados, los gestos de misericordia, y las obras: el derroche de una vida cual el perfume que empapa el aire y cala en el alma.

Tu vida fue fecunda porque la viviste en clave de Dios, porque la misericordia fue tu programa de vida, porque te revestiste de la gracia del Evangelio, dejaste que penetrara en tus entrañas de mujer y gestara en tí sus obras impulsándote a vivir según el Espíritu de las Bienaventuranzas. Tu vida fue fecunda porque supiste entregarte sin medida a Dios por medio de de las obreras y a las obreras a través de Dios.

Gracias, Juana María, porque supiste descubrir el valor de lo esencial y optar en tu vida por hacerlo fecundar; gracias porque en Dios estuvo la razón de tu existencia. Enséñanos a dejarle la batuta de nuestras vidas, para que El vaya haciendo sonar con armonía cada una de nuestras palabras y vibrar con entusiasmo en cada una de nuestras obras.