Pascua

Caminamos hacia la Pascua, hacia un nuevo amanecer, escribía hace unos días y, aunque parece que el tiempo se ha detenido, que las circunstancias no han cambiado, que la primavera parece no haber llegado… lo cierto es que la Pascua nos ha alcanzado con su sabor a pan recién horneado, con el olor de nardo anacarado y el color de azucena acrisolada, con el gorjeo de la alondra y el trinar de los jilgueros.  La Pascua ha llegado y nos ha envuelto con su luz resplandeciente, con su calidez esperanzada y su paz reverdecida.
Sí, es la Pascua, el día de la creación nueva y siempre renovada; el día en que se colman nuestras ilusiones, anhelos y esperanzas; el día de abrazar el alma, compartir la palabra y saborear las certezas.
Es la Pascua, el tiempo concluido y la promesa cumplida; la vida plena que vence la espera, que sacia la sed, que ciñe el amor, que vence al alba.
Es Pascua, es el paso de Dios entre la historia errada de una humanidad disgregada; es el susurro de Dios entre los sonidos discordantes de guerras y batallas; es la luz de Dios entre la oscuridad de tantas noches vejadas; es la brisa de Dios que airea el alma, despeja las dudas y alienta la espera; es la Palabra de Dios que grita callada con gestos derramados, con entregas sosegadas, con cantos jubilosos.
Es la Pascua… sí, la hora de la verdad, el día de la libertad, el tiempo de Dios entre los andares fatigados, los abrazos furtivos y los encuentros cautelosos.
Es Pascua: invitación a ser gesto fraterno, amor confiado, ¡Buena Noticia!…

2020

2020 se acaba y parece que todos respiremos… Dentro de unas horas estrenamos año: 2021. Y lo hacemos deseando que sea diferente, que realmente sea nuevo, que traiga con él el olvido de lo vivido, que borre las experiencias negativas, que venga lleno de salud.

Despedimos a 2020. Y me gustaría rescatar de él las experiencias positivas, lo que nos ha fortalecido, también la vulnerabilidad y fragilidad que en él hemos descubierto.
Sí, 2020 puede ser un aprendizaje y un hacernos caer en la cuenta de cuánto nos necesitamos unos a otros, de que somos seres en relación, de que la vida tiene sentido si la vivimos en comunión.
A mi, 2020 me ha ayudado a valorar el sentido de la fraternidad, a fortalecer la esperanza,  a consolidar mi fidelidad; me ha hecho caer en la cuenta de mi pequeñez y fragilidad, de la vulnerabilidad de tantas personas, de la fugacidad de la vida…
2020 me ha enseñado a vivir más pendiente de mi prójimo, más preocupada por sus necesidades, más cercana a sus debilidades… Ha avivado en mí la ternura, la compasión y la comprensión. Me ha hecho despertar a la necesidad que tenemos de sentirnos abrazados, de apoyar nuestra cabeza en un hombro amigo, de arroparnos en el calor del hogar (de la familia, de la comunidad).
2020 nos ha mostrado como una partícula invisible puede paralizar el mundo y sumirlo en la oscuridad. Pero ¡cuánto más poder tiene de movilizarlo la grandeza del amor que Dios nos tiene que cada día nos regala un nuevo amanecer…!
Acojamos al 2021 dejando que las enseñanzas del 2020 nos ayuden a humanizar nuestra cotidianeidad.
¡Feliz Año Nuevo!

Navidad con hondura

Dicen que la Navidad de este año será diferente, que no pueden haber reuniones familiares numerosas, ni celebraciones especiales, ni fiestas nocturnas… y tal vez ni Misa de Gallo ni campanadas de Año Nuevo, ni la noche mágica de Reyes.

Creo que puede ser una ocasión y una oportunidad para volver a lo fundamental, a lo esencial, y para celebrar lo que realmente significan estas fiestas y que, últimamente, para algunos, quizás, ha quedado un tanto relegado y/o desplazado: el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, la manifestación suprema del amor de Dios hacia cada uno de nosotros, la expresión máxima de la ternura al contemplar la omnisciencia de la divinidad en la fragilidad y vulnerabilidad de un recién nacido…
Celebrar la Navidad es hacer memoria agradecida al recordar que Jesús vino a compartir su vida con nosotros. Vino y se quedó: se quedó en los sencillos, los pequeños, los humildes… se quedó en los pobres de espíritu. Se quedó, permanece entre nosotros, camina al paso de nuestro andar a veces distraído y nos invita a descubrirle en tantas vidas ‘apagadas’ por los ruidos de músicas estridentes, por las luces intermitentes, por miradas indiferentes, por prisas indefinidas…
Jesús se hace presente estas navidades (y las anteriores y las futuras) en aquellos que vienen de lejos dejando atrás un presente sin futuro, en los que cada día luchan por sobrevivir y/o vivir eclipsando el dolor de pérdidas inexplicables, en aquellos que han perdido el trabajo y con ello la dignidad de traer cada día el pan a la mesa, en los que se arriesgan entre las marejadas subidos a una patera o un cayuco sin un horizonte o un rumbo fijo, en los que viven a nuestro lado compartiendo su día a día con nosotros y cuyas heridas y/o alegrías tal vez nos pasan desapercibidas… Se hace presente con maneras y formas inexplicables, como ocurrió en la primera Navidad: ¡¿quién iba a pensar que la grandeza de Dios podría sumergirse en la pequeñez de un recién nacido?!
Aprovechemos este año menos bullicioso, menos concurrido, más recogido, la oportunidad de recuperar el sentido más hondo de la Navidad, aquel que nos conecta con nuestro yo más profundo y nos impulsa a correr hacia el pesebre donde yace un pequeño envuelto en pañales extendiendo su mano para ‘tocar’ nuestro corazón y volver nuestra mirada hacia la hondura del alma; aquel que nos lanza hacia la fragilidad y vulnerabilidad de nuestros contemporáneos donde alguien nos tiende la mano y nos pide descansar en nuestro regazo, apoyarse en nuestro hombro, acunarse en nuestros brazos.
Quizás sean estas Navidades la oportunidad para restañar heridas, para restaurar debilidades, para renovar nuestros compromisos con nuestra familia, nuestra comunidad, nuestros amigos, vecinos, conocidos y desconocidos.
Quizás sean estos días la ocasión para descubrirnos sumergidos entre las pajas de un pesebre dando cobijo al Dios con nosotros, al Dios que cada ser humano alberga en su corazón.
¡Feliz Navidad!

Perseverar en fidelidad

Acabamos de celebrar la Eucaristía de renovación de votos, como tradicionalmente hacemos cada año todas las hermanas el 8 de septiembre, y salgo de ella con una gran sensación de plenitud al experimentar, una vez más, la fidelidad de Dios con cada una de nosotras.
Si de algo estoy plenamente segura es de que sólo la fidelidad de Dios, su fe en mí, su amor incondicional y perseverante, a pesar de mis debilidades, es la que posibilita mi entrega, mi perseverancia, mi fidelidad.
Sólo cuando nos sentimos amadas en plenitud podemos dar y darnos; y el amor pleno procede de Dios y a El debe tornar. Y retorna cuando se hace entrega generosa, pan partido y compartido, mano extendida, abrazo consolador, palabra cordial, silencio cercano, vida desmigada…
A cultivar esas actitudes nos enseñan María, la Mujer fiel que vivió con radicalidad su opción (Hágase en mí), y la Madre Juana María, mujer que perseveró en el empeño de dar vida a la intuición de su corazón, al soplo del Espíritu, dejando a Dios cincelar su corazón.
Hoy he renovado mis votos con la certeza de que sólo desde la perseverancia en la fidelidad mi vida es aquello para lo que ha sido llamada y a lo cual he optado desde la libertad: Esclava de María Inmaculada.

Entrar dentro

Al comenzar a escribir este Blog escribía que mi pretensión era profundizar en nuestra realidad personal, hacer brotar lo que anida en nuestro interior, adentrarme y adentraros en el interior del corazón.
Estoy haciendo Ejercicios Espirituales y esta tarde nos hablaban de la necesidad de ‘entrar dentro de una misma’, y casi sin quererlo me venía a la mente lo que ha querido ser durante estos años Adentro, este Blog.
Me preguntaba y os pregunto si lo he conseguido…??? A través de estas breves reflexiones he ido mostrando lo que vivo o, quizás mas bien, lo que quiero vivir. Me siento pequeña, frágil, débil… pero me sé amada por Dios y eso me da una grandeza que no puedo expresar con palabras…

Quiero compartir con vosotros mi reflexión a partir de las palabras del P. Pedro, ocd, de esta tarde: mi vida como consagrada, nuestra vida como religiosas, vuestra vida como cristianos, la vida de una persona en general sólo tiene sentido si es vivida desde Dios, desde ese ser infinito e inconmensurable que nos habita, nos invade, nos inunda…
La vida sólo tiene sentido si es El quien vive a través de nuestras vidas caducas, si es El quien actúa en nuestros actos realizados con el temblor de nuestras manos, quien habla a través de la tartamudez de nuestras palabras, quien escucha a los hermanos desde nuestros oídos sordos…
Y para ello, para dejar a Dios ser Dios en mí, tengo que hacer el arduo trabajo de adentrarme en mi interior para encontrarme con El, o mas bien en su interior para que El me descubra buceando en el mar infinito de su misericordia para empaparme con la llovizna suave con la que va derramando el agua de su gracia, respirando la brisa suave del Espíritu que va penetrando suavemente en mi alma depositando sus dones, saboreando las palabras calladas que expresan cercanía, ternura, comprensión, sencillez, paciencia, mansedumbre, acogida, inclusión…

¿Te animas, tu que hoy me lees, a recorrer conmigo esta Semana Santa esta peregrinación a nuestro interior?
¿Si? Pues empecemos saliendo de nosotros mismos para poder ‘entrar en Dios’…

Engarzada

Celebramos el día de la Vida Consagrada; la memoria de nuestra consagración, del sabernos y sentirnos amadas, elegidas, invitadas y convocadas por Dios.
Amadas por el Amor infinito e inefable que es El.
Elegidas para una misión concreta y peculiar: reproducir el estilo de vida de Jesús.
Invitadas a sellar con El una alianza nueva y definitiva.
Convocadas para ser, en comunión con otros/as, semillas del Reino de Dios.

Hoy, muchos años después de mi primera consagración ‘pública’, me siento especialmente emocionada al rememorar la alianza sellada, al recordar como, con temor y temblor, pronunciaba ante mis Hermanas de Congregación y mis seres queridos, mi adhesión al proyecto de Dios para conmigo.

Me vivo engarzada a Dios; mi vida adquiere todo su color y sabor de su Palabra; mis anhelos son afianzar cada vez más los lazos que nos unen… Hilos entretejidos con cada una de mis hermanas, con cada una de las personas a las que soy enviada, con quienes, de un modo u otro, comparto mi cotidiano vivir.

Engarzada con un lazo inquebrantable de su parte y …, así lo voy trabajando cada día, de la mía. A pesar de mi fragilidad y mi debilidad, quiero ser suya, vivir para El, caminar con El… ¡por siempre!