Nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 1-3) que estando todos los apóstoles reunidos ‘vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos’. Estas llamas de fuego simbolizaban al Espíritu Santo, el Espíritu prometido por Jesús; el Espíritu que el mismo Jesús infundió en ellos al despedirse, antes de ascender al cielo, con un soplo de su aliento (cf. Jn 20, 22-23).
Hoy recordamos el día en que el Espíritu descendió sobre los Apóstoles, implorando que venga a nosotros y nos impulse a vivir unidos en la Verdad, que es Jesús, siendo signos de fraternidad, artífices de su paz.
Son muchos los símbolos que acompañan al Espíritu: una paloma, unas llamas, un viento suave, agua, aceite… Cada uno sabemos en forma de qué lo necesita en este momento concreto de su vida.
Siento que en mi vida, como religiosa, hoy necesito al Espíritu en forma de fuego, fuego que abrase mi corazón de su Amor:
. amor a Dios, para vivir cada día más unida a El y llegar a fundirme con El al recibirle cada día en la Eucaristía;
. amor a mis Hermanas de comunidad, para ser signo de fraternidad, para testimoniar que es posible vivir en comunión;
. amor a mi Congregación, al carisma que este mismo Espíritu infundió en nuestra Madre Juana María, para acoger, acompañar, ayudar, proteger, amparar… a las mujeres más vulnerables de su época;
. amor a las personas con las que a diario me relaciono, especialmente a las mujeres de nuestra Residencia Juana María y del Hogar Teresa Ballester; amor que les haga sentirse queridas, valoradas, acompañadas por mí;
. amor a mi familia y las familias de mis hermanas, para que a pesar de la distancia sientan que tienen un lugar en mi corazón;
. amor a todos aquellos que necesitan sentirse amados…
Todo un desafío para vivir en coherencia mi consagración. Pero necesito ese amor y así se lo pido al Espíritu hoy para que abrase mi corazón y me enseñe a expandirlo, como un fuego incontrolable.
¿Quieres que también abrase el tuyo?
Hoy, además del día de la Madre, celebramos la Jornada de Oración por las Vocaciones, de un modo especial por las vocaciones a la vida consagrada.
Si eres Tú el rey de los judíos, si eres Tú el Mesías, si eres Tú el Salvador del universo… ¿por qué entregas tu vida en una Cruz? Es, quizá, la pregunta que surge cuando nos situamos ante ese relato evangélico desde la razón.
Es quizás esta pequeña ‘pila de agua bendita’ el único testigo que queda de la primera profesión pública perpetua en nuestra Congregación. Está muy lejano en el tiempo aquel 8 de septiembre de 1911 en el que la Madre Juana María, junto a 18 hermanas, emitió sus votos perpetuos públicamente en la Capilla de la Casa Noviciado de Burjassot. Públicamente porque su corazón desde siempre era de y para Dios por toda la eternidad. Al menos eso es lo que podemos vislumbrar al contemplar su vida. Una vida que sólo tenía sentido desde Dios…
Sin duda alguna hoy Jesús nos invita a la vida consagrada a hacernos pan. A ser como el pan que se parte y se reparte, pan que se entrega a los demás, que se multiplica al dividirse, al compartirse, al repartirse. Pan que adquiere su sabor en la entrega oblativa, generosa, desprendida. Pan que sacia el hambre, que alimenta el cuerpo y alienta el espíritu.